martes, 12 de julio de 2016

“Creo que Dios es mujer”

http://www.lavanguardia.com/lacontra/20160713/403156140077/creo-que-dios-es-mujer.html 
Alfonso Alzamora,, escultor y pintor
También escribo, pero me cuesta publicar. Tengo 65 años. Nací en Barcelona y vivo en Ordis (Alt Empordà) desde hace tres décadas. Vivo en pareja y tenemos dos hijos. Políticamente, estoy perplejo. Hago mía una frase que leí hace años en ‘La Contra’: “No creo en Dios, pero lo echo muchísimo de menos”
“Creo que Dios es mujer”


Elegancia radical

Después de más de treinta años exponiendo en Barcelona, su ciudad natal, el Empordà, su patria de adopción, Nueva York, Londres, París, Ginebra o La Haya, adonde ha llevado sus meninas, dameros y rojos Rothko, con un estilo muy personal, a medio camino entre el expresionismo figurativo y el más radical minimalismo, ahora centra su atención en Ramon Llull, un referente del pensamiento europeo con quien comparte su fascinación por el cubo (que representa para el sabio mallorquín una verdad esencial). Su proyecto más inmediato es seguir plantando “escales de l’enteniment”. La primera, que da nombre a la exposición de la Fundació Vila Casas, está en el campus de la Universitat Pompeu Fabra.
Qué sabe de Ramon Llull?
Muy poco, después de varios años trabajando sobre él desde un punto de vista puramente plástico, que es otra manera de ver las cosas. Y mucho, en realidad, porque todo el pensamiento europeo está impregnado de Llull.
Filósofo, teólogo, poeta, misionero y hasta beato.
Influyó en todos los pensadores posteriores, de Leibniz a Newton. Incluso el lenguaje binario que utilizan los modernos ordenadores tiene uno de sus orígenes en la lógica matemática de Llull.
Un genio catalán.
Sí, y una figura capital del pensamiento europeo moderno. Pero la única institución académica que hay en el mundo dedicada a la traducción y edición de la obra de Ramon Llull está en Alemania.
Pero ¿qué es lo que a usted le cautivó?
Aparte de las innegables virtudes filosóficas del sabio mallorquín, en el siglo XIII, en este rincón del Mediterráneo, cristianos, árabes y musulmanes vivían en un clima de tolerancia que favorecía el desarrollo cultural y científico. La diversidad enriquece y estimula, y la tolerancia es la argamasa que permite construir.
¿Y en lo plástico?
Una coincidencia. Yo estaba trabajando con cubos (haciendo la escultura del hotel Omm en Barcelona) y surgió una escalera de ocho peldaños maravillosa, los mismos que tiene L’escala de l’enteniment de Llull. Para Llull, el cubo, junto con la esfera y la pirámide, representa verdades esenciales.
¿El cubo es una metáfora?
Y también es un icono. Me gustan los iconos. He trabajado muchísimo la menina, que es un icono de la feminidad.
Una feminidad algo reprimida...
Yo no trabajo la menina velazqueña, lo que hago es trabajar la moda del miriñaque, que transforma una figura humana alargada, vertical, en un cuadrado. La menina mide lo mismo de alto que de ancho.
¿Y?
Me encanta, me remite a la mujer tierra, con las caderas sobredimensionadas, como las diosas de la fertilidad.
¿Y cuál es su icono masculino?
El Quijote, aunque lo he trabajado menos. Creo que Dios es mujer.
Cuénteme...
Hace veinte años viajaba en un taxi cerca de Varanasi, la ciudad sagrada india, y el conductor se paró a un lado de la carretera y compró una guirnalda de flores, que colocó alrededor de una colorida estampa, junto al retrovisor. Me dijo sencillamente: “She is God”. Ella es Dios.
¿Y el Quijote?
El Quijote representa valores masculinos, menos sofisticados, un poco más lineales. La lealtad, por ejemplo, pero también la caza y la guerra. Pero el Quijote no es cuadrado.
Es lo contrario.
Todo en él es alargado. Lanza en ristre y perilla puntiaguda. Si los representáramos sobre un tablero de ajedrez (otra de mis obsesiones), él sería el rey, que representa tan sólo la vida y la muerte y vive agazapado en un rincón del tablero, aterrorizado, rodeado de acólitos dispuestos a dar la vida por él.
...
En cambio, la menina sería la reina, conuna movilidad extraordinaria, es la que más poder tiene en el juego. Representa la vida, con mayúscula.
Meninas, quijotes, escaleras, cubos…
Y el Árbol de la ciencia, una de las obras más conocidas de Llull, al menos su enunciado, un gran icono: ¡el árbol lo simboliza todo! Cada rama es una disciplina, un escalón del conocimiento. Cuanto más frondoso, más rico, más sabio...
¡Guau!
Esta pintura mural (mide casi ocho metros de largo) es mi particular homenaje a esa idea del conocimiento representado por el árbol. Hace unos días estuve en Madrid, una ciudad con una oferta de exposiciones espectacular. Es corriente que los aficionados al arte de paso por Madrid hagan una visita rápida al Bosco o Las meninas, a modo de peregrinación.
Es comprensible.
Yo dedico esta liturgia al Guernica, probablemente mi pintura favorita del siglo XX. El Árbol de la ciencia es mi Guernica particular. Creo que es un punto de inflexión en mi trabajo, como lo fue el Guernica para Picasso.
¿Qué domina en usted: la idea o la forma?
Lo más importante para mí es crear una obra bella, todo lo demás es secundario.
Llevamos años en que al mercado del arte no le gusta lo bello y punto.
Hay poco criterio y mucho negocio. La confusión es total. Si tuviera que definirlo en una sola frase, diría que el mercado es el peor enemigo del arte contemporáneo. Y aquí me gustaría hacer un apunte de política cultural. ¿Puedo?
Por supuesto.
Catalunya, inmersa en un proceso independentista que se sustenta en una lengua y una cultura propia, destina unos medios ridículos a cuidar esta cultura. El centenario Isaac Albéniz, en el 2010, no tuvo mucho éxito desde el punto de vista institucional. Este año es el de Ramon Llull, que es el padre de las letras catalanas, y el de Enric Granados, ya veremos...

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