miércoles, 6 de julio de 2016

La teoría del caos

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Paren el mundo que me quiero bajar, decía Mafalda. El mundo podría ser un lugar maravilloso pero se volvió caótico, no sabemos si en el avión en que volamos, en el hall del aeropuerto, en el restaurante donde cenamos, o en cualquier parte, puede estallar una bomba, detonada por un terrorista suicida, y terminar con nuestras vidas. Su cerebro fue condicionado para creer que matando gente está cumpliendo con una misión divina.
Las personas deprimidas suelen ver la realidad tal cual es. En un mundo lleno de problemas y con dificultades en ascenso, también existen irresponsables que viven en una irrealidad patológica. Hay un contexto internacional desalentador, entre los ataques terroristas y las turbulencias en los mercados.  Los optimistas prevén que los progresos y la innovación traerán una economía de la abundancia. Los pesimistas ven un porvenir con problemas serios de crecimiento, distribución del ingreso y empleo que serán el caldo de cultivo para el surgimiento de extremismos políticos.
Las neurociencias saben que el cerebro está preparado para hacerse cargo de lo que le sucede. Pero está conectado con el exterior a través de órganos imperfectos. Por lo tanto sus percepciones están sujetas al error. A lo largo del tiempo el mismo cerebro va creando modelos mentales de cómo es la realidad, pero por lo expuesto sus teorías pueden ser falsas. Por eso debemos prepararlo para enfrentar y aprender de las situaciones imprevisibles, que escapan de la lógica. En  regímenes totalitarios los cerebros son condicionados negativamente por la educación que reciben.
Hasta el siglo XVII todos los cisnes conocidos eran blancos. Pero se descubrió Australia y en ella al cisne negro. Cisne negro es un término usado para describir u hecho fortuito, raro y no esperable, y que por eso genera una gran repercusión. Su probabilidad de aparición remota genera sorpresa y un impacto tremendo. Pese a su rareza, se inventan hipótesis sobre su existencia, siempre después del hecho, que intentan explicarlo.
Los Cisnes Negros están en el origen de casi todas las ideas y las religiones, de los acontecimientos históricos y de nuestra propia vida.
Einstein creía que Dios no juega a los dados, era determinista. Pero el concepto de libertad señala que se puede cambiar, que nada está predeterminado. Prigogine sostiene que el universo es provocativo y creador. Para el iluso A es la causa de  B si al suceder A  sucede B.
La costumbre hace fallar su feedback con la realidad y convierte su error en hábito. Russell escribió el cuento del pavo inductivo, donde el ave que cenó a las 21 durante años, creyó que siempre sería igual, pero una Navidad le cortaron el cuello y lo cenaron a él. La metáfora con el ser humano es que tiende a creer que las cosas siempre seguirán igual. Pero el método de la inducción o la costumbre no son reglas fijas y pueden variar. El método científico combina la  inducción y la deducción para comprobar las hipótesis. En los asuntos humanos, el deseo puede ser la causa del efecto ya que motiva la acción generadora. A diferencia  de los sucesos naturales la intención de alcanzar la meta puede provocar una conducta.
El cerebro falla ante los cisnes negros. Cree que ahora los puede explicar sin advertir que ni siquiera pudo predecirlos. La distorsión o caos mental consiste en sobrevalorar la explicación racional y subestimar lo mal preparados que estamos para enfrentar lo aleatorio o lo impredecible.
Le resulta más fácil armar una teoría fácilmente ordenada, estructurada y comprensible que enfrentar una realidad desordenada, compleja o caótica. También le es más simple encajar un hecho nuevo en una teoría en la que cree y conoce e inventar la causa de su aparición. Necesitamos vivir con un cierto orden y pensando que podemos prevenir y prever. Pero siempre fallamos prediciendo el futuro e interpretando el pasado.
Preferimos pensar en que podemos planificar la innovación pero muchos éxitos se producen por accidente y luego lo racionalizamos con una explicación incorrecta. No podemos descubrir lo que desconocemos pero si podemos imaginar sus consecuencias, sin saber cuándo ocurrirá.
El ser humano no es bueno pronosticando. Veamos lo que opinaron sobre las computadoras en otras épocas. No sirve para nada (George Bidell, sobre la máquina de Babbage, 1842) El así llamado teléfono tiene muchos defectos, no tiene valor (Western Union, 1876). Pero ¿para qué coño sirve?”(Lloyd, ingeniero de IBM sobre el microchip). No te necesitamos, no terminaste la universidad (Hewlett-Packard, ante el pedido de empleo de Steve Jobs) No hay razón alguna para que alguien pueda tener una computadora en el hogar (Olson, Fundador de  Digital Equipment Corporation 1977). El presidente de IBM: “creo que existe mercado para unos 5 ordenadores en todo el mundo”.(Watson, de IBM, 1943)
Escenarios hipotéticos. Debemos evitar sentirnos infalibles. No conocemos el futuro,  no sabemos lo que va a pasar,  pero podemos plantear escenarios alternativos y estudiar la reacción ante cada uno de ellos. De este modo el futuro no nos tomará de sorpresa. Para eso no hay que estar tan seguro de los conocimientos y tener la valentía para decir no sé. Debemos terminar con la arrogancia de la certeza, admitir que no sabemos y en consecuencia no hacer nada.  Las malas decisiones basadas en la ignorancia son las que generan las mayores crisis.
Basura entra, basura sale. Parte del caos es que acumulamos cosas que no usamos nunca. La única forma de asegurar que nunca perderemos lo importante es teniendo pocas cosas importantes: no tener miedo a tirar cosas para que no terminen convirtiéndose  en basura. La simplicidad es la clave para organizarse. Cuando se tarda es porque se tienen demasiadas cosas, o porque se mezclan cosas importantes con las que no importan.
El concepto japonés Mottainai se basa en reducir, reutilizar y reciclar. Luego de la 2da guerra Japón era un país destruido y  EEUU creaba productos incesantemente. Japón redujo el tamaño de los productos made in USA rebajando sus costos. Reutilizó el modelo exportador americano, lo copió y lo superó. Recicló partes y las usó en nuevos productos. El hombre puede crear un nuevo orden social y podría mottainaisar su cerebro para que incorpore la inteligencia ecológica y social. Una nueva educación debería, entre otras cosas, reducir los programas de estudio y el hábito de memorizar los detalles para que resalten los mapas conceptuales para reutilizarlos y reciclarlos en la generación de ideas.
Los japoneses viven en espacios pequeños. Por eso aprenden a soltar objetos para tener un hogar prolijo y minimalista. Se preguntan: ¿tengo demasiadas cosas? ¿Eso me hace feliz? En Japón hay desbalance entre la cantidad de cosas que se pueden comprar y las viviendas pequeñas. Las cosas, las personas y las experiencias, llegan a nuestra vida para enseñarnos. La idea es agradecerles por eso y despedirse de ellas cuando se busca un cambio. El orden pasa por asignarle un lugar a cada cosa. El objetivo es optimizar el espacio haciendo una curación sobre los objetos que uno quiere ver todos los días. De esta forma queda afuera un alto porcentaje. Si se les da un mejor destino, el trabajo es más profundo y duradero.  Para mantener el orden hay que planificar el cambio. Cada casa tiene su tipo de desorden. Si se entiende su patrón, ordenar es más fácil. Alguien que tiene un gran desorden interior puede buscar un excesivo orden afuera, a veces de manera compulsiva. El orden externo no reemplaza ni asegura el interno. El orden varía según sea la estructura psíquica, lo que para uno puede ser un orden para otro puede significar un caos.
Vencer al caos. La sociedad de consumo lleva a acumular cosas por las dudas pensando que algún día van a servir. Cuando todo es importante nada es lo es, no se pueden fijar prioridades y se termina perdiendo el control. No tener un sistema para ordenarse significa no tener control: tomar malas decisiones, perder oportunidades, cometer errores. La vida moderna ya es complicada como para agregarle todavía errores no forzados. Por eso, para ordenarse, hay que aprender a eliminar. Como uno no quiere perder en nada, entonces termina perdiendo en donde no eligió. O, peor aún, perdiendo en todo a la vez: cuando el desorden ya es tan grande que no queda ni idea de qué cosas eran  imprescindibles.
La terapia del orden digital. Uno de los grandes beneficios del espacio virtual es que libera los ambientes físicos, pero la otra cara es la acumulación y el desorden que trae almacenamiento infinito. Así se instalan aplicaciones que nunca se usan, y jamás se borran. Con el tiempo, es complicado encontrar algo. El principio más importante que hay que seguir es elegir. La lógica es: si no es necesario, ¿para qué conservarlo? Pero la necesidad personal no siempre va de la mano de la profesional. La organización digital es indispensable para su productividad. Para el orden profesional, el back up es una regla de oro: es el antídoto contra el miedo de perder todo. Hay tantas maneras de ordenar el caos.
Para bajar el estrés. En el caos digital, no sólo se acumulan los archivos: en última instancia, y contra toda recomendación, podemos optar por ignorarlos, dado que no los tenemos ante nuestra vista. Pero parte del desorden también viene de la mano de las notificaciones que se acumulan de manera incesante: mails, mensajes de texto, chats, noticias, ofertas. La necesidad de orden deja de ser algo físico y pasa a ser mental.
Consumo de energía. Todos los pendientes generan al cerebro un gran consumo de energía. Eso produce un embotellamiento y una confusión al terminar el día o cuando se llevan muchas horas saltando de estímulo en estímulo. El día a día está plagado de estímulos simultáneos a través de diversos canales. Esto genera un estado de ahogo mientras se corre detrás de las demandas de otros sin priorizar las propias tareas.
La clave, es organizarse: encontrar pequeñas estructuras que se adapten a la rutina y nos permitan identificar tareas y definir las prioridades.
Se puede sacar del cerebro ese desorden clasificando por urgencia o importancia, eso libera la mente. El cerebro se sobrecarga de información cuando procesa todo con la misma importancia, no tiene modo de filtrar. Por eso es necesario adjudicar un orden y prioridades.
El método es tener pequeños “cajones digitales” donde almacenar la información. La organización pasa por encontrar las herramientas que faciliten nuestro trabajo. Así, el primer paso es identificar cuáles son nuestras necesidades y luego elegir el método indicado: back ups, ampliaciones de memoria, discos externos, carpetas súper específicas, aplicaciones. En otras palabras: tomar las riendas del caos virtual, en la forma que mejor se lo pueda ajustar. El siguiente paso es determinar cómo podemos expandir lo aplicado a otras áreas de la vida. Limpiar no el objetivo final. La limpieza digital es, al igual que la material, una expresión del estilo de vida que queremos tener cuando la casa esté en orden.
El orden surge del desorden. La teoría del caos busca encontrar el orden en el desorden. Por ejemplo en geometría moderna surgen figuras “caóticamente raras y bellas” como resultado de modelos recursivos que generan comportamientos impredecibles, sin embargo estos conservan un cierto orden. Una aplicación interesante de esta teoría al ámbito comercial la hizo Dee Hock, fundador de VISA. Su idea de organización basada en valores y metas comunes, fundamenta su concepción del “caos ordenado” de donde surge el orden y la estructura evoluciona. La vida es un fenómeno, un patrón reconocible dentro de su diversidad. En este sentido se le otorga a la organización un carácter orgánico, como una entidad viva, cambiante y dinámica en donde cada parte, por pequeña que parezca, cumple una función primordial en el funcionamiento de la organización. Hock dirige su reflexión hacia la importancia que tiene cada persona cada proceso, cada instrumento que interactúa en la organización  y lo concibe como un todo, no lo ve tanto como una entidad desordenada y sin funcionamiento. Con tal filosofía critica a las empresas que se iniciaron con modelos estático-jerárquicos y que hasta nuestros días los mantienen vigentes, dándole a la organización un carácter de frialdad total, de pasividad, cortando espacios para aportar ideas y experiencias en pos de la suma de conocimiento ¿Cuántas veces no nos sentimos importantes en nuestro lugar de trabajo cuando se nos invita a participar, a proponer ideas, a discutir posturas? Aprender a vivir en el caos no significa aprender a controlarlo, ni a predecirlo. Al contrario somos parte del caos, no nos podemos considerar ajenos ¿Lo anterior propone que jamás estaremos en condiciones de obtener una verdad total de nuestro mundo? ¿Es reconocer que entre más “avanzamos en el conocimiento” nos damos cuenta de nuestra tremenda ignorancia? Parece que la modestia es una virtud, tal como la de Sócrates cuando dijo: “Sólo sé que no se nada”.
Los pueblos antiguos; a través de sus mitos y sus poemas nos han dejado una visión del mundo repleta de dioses y de fuerzas creadoras, que si bien no parece demasiado racional sí despiertan dentro nuestro a través de la poesía y de la intuición un mundo que nos resulta muy familiar. En esos mitos el Caos siempre aparece como la gran causa creadora, una especie de sustrato básico del cual surge el Orden, desde los dioses primordiales hasta la propia humanidad. Todos ellos están en el Caos, como de alguna forma misteriosa para nosotros el árbol está presente en la semilla.
CEO de Ilvem, mail de contacto horaciokrell@ilvem.com

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