miércoles, 10 de agosto de 2016

“Las letras y los números se aprenden discutiéndolos”

http://www.lavanguardia.com/lacontra/20160810/403813951811/las-letras-y-los-numeros-se-aprenden-discutiendolos.html 
Louis Nirenberg, premio Abel de Matemáticas 2015 junto a John Nash
Estoy más cerca de los 100 que de los 80 años y sigo disfrutándolos tanto dando soluciones como cuestionando las de mis colegas. Tuve suerte: nací en Canadá e investigo en la NYU. La escuela judía me educó en la crítica y no en el dogma. Colaboro con el profesor Xavier Cabré y Exactas de la UB
“Las letras y los números se aprenden discutiéndolos”

Nada está escrito

Hay dos maneras de aprender: imitar al profesor o intentar superarlo. El segundo es el camino que hace progresar a la humanidad, pero, para que su alumno lo recorra, el docente debe admitir que todo cuanto dice puede discutirse –con rigor y después de haberlo aprendido, por supuesto–, porque el diálogo, desde Sócrates, es el mejor estimulante del aprendizaje. Nirenberg explica aquí cómo la escuela judía, más abierta a la discusión que al dogma, incentivó en él la curiosidad crítica –el mayor premio de su maestro era escucharle con respeto– y cómo otros profesores de institutos públicos, antaño más reconocidos por la sociedad, le dieron el primer empujón para convertirse en un matemático universal.
Cree que solucionará el Navier- Stokes, uno de los Problemas del Milenio?
En eso ando, aunque últimamente me cuesta más. Es un problema de ecuaciones de fluidos que, entre otras cosas, podría mejorar las predicciones meteorológicas...
Y si lo resuelve, el Clay Institute de matemáticas le dará un milloncito de dólares.
Va a sonar a falso, pero ¿sabe cuál es el mejor premio a la solución de un problema?
¿...?
Que siempre te plantea otro. El placer de los matemáticos está en ese desafío: nuestra vida cotidiana consiste en buscar problemas estimulantes hasta quedarnos atascados en uno y gozar dándole vueltas y vueltas. Incluso si un problema ya tiene solución, puedes mejorarla.
¿La solución no liquida el problema?
Algunas no me han acabado de gustar y he buscado otras más elegantes.
¿Puede ser elegante una solución?
Es una elegancia difícil de definir, lo admito, pero que se reconoce sin dudar al verla.
Supongo que igual que el mal gusto.
Uno de mis alumnos, a quien intentaba explicar que iba a buscar una solución más elegante para un problema que ya tenía una, me dijo que él no había visto nunca una solución que no le gustara. Lo di por perdido.
Al final, el talento es una actitud.
Y se educa. La relación con la autoridad en la enseñanza es determinante para incentivar el talento de profesores y alumnos.
Hay quien por aquí repetía que “la letra con sangre entra”.
Pues es exactamente al contrario: las letras y los números, como todo en la vida, se aprenden discutiéndolos respetuosamente con el profesor y no repitiéndolos como un dogma.
¿No cree que hay verdades indiscutibles?
A mí me enseñaron a no aceptar sin más la palabra escrita, sino a discutirla con el rabino hasta formarme una opinión propia sobre ella.
¿Usted cree que por eso los judíos tienden a destacar en profesiones intelectuales?
El mejor estímulo para aprender algo es descubrir que tú puedes mejorarlo. En ese cuestionamiento riguroso y fundado de lo que se cree cierto están las bases para la innovación, la invención y el progreso de la ciencia. El resto es mera repetición.
Supongo que a usted de niño no le decían “está escrito” y punto.
Al contrario, la diversión estaba en la discusión interminable sobre cuanto nos enseñaban. Así empecé yo a estudiar matemáticas, porque tuve un profesor de hebreo que prefería los puzles matemáticos a la gramática. Y yo le discutía todas sus soluciones.
¿Aprendió usted hebreo?
Poco, pero acabé resolviendo los puzzles mejor que él. Supongo que el desafío de los puzzles es cosa de críos, porque a mí ahora me aburren.
¿Sus años le ayudan o le pesan al pensar?
Hace tiempo que no he descubierto nada gordo, pero eso no me impide pasarlo estupendamente discutiendo todo lo que mis amigos investigan, como en el colegio. Y es que, además de la escuela judía, tuve otra suerte y es que la economía canadiense no iba bien cuando yo estudiaba el bachillerato.
¿Dice que era una suerte?
Sí, porque mis profesores de ciencias y matemáticas del instituto consideraban que su sueldo era bueno y todo el mundo creía que el trabajo de profesor de instituto era estupendo y ellos se dedicaban a él con entusiasmo. Aprendí mucho con profesores muy motivados y abiertos a dedicarme tiempo y a discutir conmigo.
¿Cree que ahora no lo están?
Hoy si un policía detiene a un conductor que corre demasiado y le pregunta su profesión y dice profesor de instituto, le deja ir sin multarlo, porque le da pena. La enseñanza media de Estados Unidos es mala, aunque la universitaria siga siendo la mejor del mundo, porque el alumno siempre aprende al emular al profesor y el profesor tiene la autoestima baja.
¿Sólo aprendes de quien admiras?
Cuando eres un crío, sí. Luego descubres que también las malas novelas enseñan a escribir. Nuestro viejo rabino se quedó dormido un día mientras hacíamos ejercicios y un estudiante dijo que hablaba muy bien; otro que además era muy simpático, y otros también lo alabaron hasta qué el entreabrió sólo un ojo y nos soltó: “¿Por qué nadie ha alabado aún mi humildad?”.
Es un buen cuento.
Lo aprendí en la escuela. Bromeábamos mucho con los profesores. Las matemáticas favorecen cierta hermandad entre quienes se enfrentan a los mismos problemas. Si no nos conocen, pensarán que competimos, y es al revés: nos estimula la discusión. Y yo sufro mucho cuando el problema es tan complejo que ni siquiera puedo explicarlo.
Usted colaboró con John Nash, el de la película de Una mente maravillosa...
Cuando estaba en Princeton venía mucho a la Universidad de Nueva York y discutíamos.
Y recibió el premio Abel, junto a usted, poco antes de morir en un taxi.
Tuvo una vida de novela, John, y también su final fue tremendo.
Me explicó aquí en La Contra que descubrió que era más feliz loco que cuerdo.
John era así. A veces la mayor felicidad consiste en aprender a tomarse unas buenas vacaciones de uno mismo.

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