martes, 16 de agosto de 2016

“Que los niños puedan brillar con la alegría del ‘yo puedo’”

http://www.lavanguardia.com/lacontra/20160816/403952733121/que-los-ninos-puedan-brillar-con-la-alegria-del-yo-puedo.html 
Pablo González, fundador del proyecto Vozes y presidente de Músicos por la Paz
53 años. De Maracay (Venezuela), vivo en Barcelona hace 13 años. Me formé con el maestro Abreu y en la Guildhall School of Music de Londres, de la que soy profesor asociado. Separado, dos hijos. Es fundamental el acceso a la cultura y el arte para todos.
“Que los niños puedan brillar con la alegría del ‘yo puedo’”


Cadena de favores

El proyecto Vozes (crear orquestas en barrios con niños desfavorecidos a los que se facilitan instrumentos y formación), así como la Orquesta Sinfónica Internacional de Vozes, nació y es como una cadena de favores. Un hombre genial, el maestro Abreu, creó el concepto: formación musical simultáneamente que el niño forma parte de una orquesta, lo que educa en compañerismo, valores, compromiso y autoestima, que revierte cuando alguno de esos niños consigue ser un excelente músico o un director de una nueva orquesta. El resultado de esa cadena de favores es la propia vida de Pablo González. Y también la música devuelve el favor a quien es capaz de entregarse. Actuarán en la plaza Catalunya el día de la Mercè.
Un hecho fundamental en su vida…
Conocer el violonchelo a los 14 años. Yo ya tocaba la guitarra, pero aquel sonido...
¿Amor a primera vista?
Estaba en una fiesta, había muchos músicos y entre ellos un joven de 20 años con su violonchelo; su sonido me fascinó. Pero yo no podía soñar con tener uno ni con pagarme las clases.
¿Familia sin recursos?
Me quedé huérfano de padre a los cuatro años. Mi madre era modista y nos sacó adelante a los cuatro como pudo.
¿Y cómo se convirtió en violonchelista?
Fue mágicamente fácil. “Necesito estudiar este instrumento”, le dije a aquel chico. “De acuerdo –me dijo–. Quedamos mañana en mi casa y nos vamos a la Orquesta Juvenil de Maracay”.
¿Así de fácil?
Así de fácil. Me prestaron un chelo y comencé mis clases para integrarme en la orquesta, pero yo quería mi propio violonchelo. Había una señora a la que mi mamá le hacía los vestidos que era gerente de un banco, y le pedí un préstamo.
Se lo concedió...
Sí. Al mes me llevaron a Caracas a un gran encuentro de orquestas juveniles con 500 músicos. Todos tocando a la vez. Quedé impactado.
¿Dirigía el maestro Abreu?
Sí, ¡qué energía! A los dos años decidí, tras terminar el bachillerato, irme a Caracas a sumarme a la fundación de la Orquesta Simón Bolívar y durante 20 años fui violonchelista en ella.
¿Ganándose la vida?
Becado cuatro años gracias al maestro Abreu hasta que la orquesta se profesionalizó. Entre tanto iba a hacer cursos de verano a Inglaterra, donde el maestro de dirección me invitó a formar parte de su cátedra.
Debe de ser un genio del violonchelo.
¡Qué va! Fue una suerte conocer las orquestas juveniles y que entrar fuera una bienvenida.
No sea modesto.
Es cierto que mi carrera como violonchelista fue rápida, tengo facilidad con el instrumento, y eso fue un plus. Y posteriormente, cuando vieron mis actitudes como director de orquesta entré en el Royal College of Music de Londres a través de concurso.
¿Alguna vez había fantaseado con ser director de orquesta?
Mi madre cuenta que de muy pequeño siempre me subía a una silla a dirigir el Aleluya de Händel. Pero el maestro Abreu otorgaba a quienes veía con aptitudes la responsabilidad y el honor de crear orquesta en otras partes de Venezuela e incluso de Latinoamérica.
Era un visionario.
Decidió crear orquesta en las zonas marginales de Venezuela sin ninguna pretensión, pero en todos los barrios halló talento y creó el esquema de una nueva y revolucionaria formación musical. Largos ensayos y grandes mensajes.
¿Cuál le impactó?
La posibilidad de dar la oportunidad a una persona que no la tiene de que su espíritu crezca a través de la música, y que así aflore algo lo suficientemente poderoso como para conseguir que esa persona salga de la pobreza. Ese legado es un valor que no tiene precio.
¿Cuántas orquestas ha fundado?
Más de cincuenta en las que se atiende a más de 900.000 niños. Yo quería estar ahí, en el campo de batalla formando orquestas. Nosotros abrimos esa brecha y para ello nos formamos en los mejores lugares.
¿Cómo llegó a Barcelona?
La parte difícil es que en Caracas por robarte unas bambas te pueden matar. La gente va armada. Chicos de 12 y 13 años andan armados. Y si tienes dos hijos pequeños...
¿Se vino aquí sin trabajo?
Sí, pero en Londres trabajé en el Departamento de Informática Musical de la Royal College para ayudar a pagar mi beca. Allí aprendí a reparar ordenadores, cambiar discos duros…
Su humildad le abre puertas.
En Barcelona la Seat hizo un curso de manejo de software para la línea de producción de coches, fui y me contrataron.Un trabajo duro, pero me permitió tener la estabilidad económica para crear el proyecto Vozes y la Asociación de Músicos por la Paz.
Paciente y tenaz.
Empezamos creando un coro de quince niños en el oratorio Sant Felip Neri gracias a la generosidad del cura, y desde el primer día les dije a los niños que iban a ser los fundadores de un gran proyecto musical: una gran orquesta.
¡Qué ilusionante!
De quince quedan siete que han aprendido a tocar un instrumento y hoy son primeras partes de la Orquesta Internacional de Vozes. Comenzamos conjugando los ensayos con conciertos inmediatos en las plazas, iglesias, asilos…
Bonito proceso.
Cuando comenzó Vozes el proceso migratorio en España estaba descontrolado. Fuimos una herramienta de integración. Once años después aquellos 15 niños se han convertido en 480 atendidos en diferentes espacios y barrios.
¿Qué ha aprendido durante estos años?
Se está cerrando un círculo que une a aquel niño pobre que fui, enamorado de un violonchelo, al que se le dio la posibilidad de soñar, y el hombre que hoy puede devolver esa posibilidad a tantos niños a través de Vozes.
Entiendo.
Que puedan brillar con la alegría de “yo puedo seguir adelante con la vida”.

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