COMPETIR CON LA MENTE
La mente es la casa de las creencias que promueven los pensamientos que conducen a las acciones que emprendemos.
La mente es lo que desarrolla y dirige la estrategia.
La mente provee una imagen e instruye al cuerpo en los movimientos necesarios para actuar.
La mente es el observador que hace las decisiones acerca de la clase de autodiálogo que utilizamos cuando actuamos.
La mente controla nuestra fisiología.
La mente se hace cargo del control emocional.
La mente es la locomotora que conduce al tren!
Desde sus inicios, la psicología ha lidiado con las enfermedades mentales: neurosis, psicosis,
depresiones y obsesiones. La tarea de los profesionales de esta disciplina ha sido llevar a las personas
desde un malestar o un estado negativo, a un estado emocional “neutral”. O, como lo describe el
psicólogo de la Universidad de Pennsylvania Martin Seligman, pasar de “sentirse menos cinco a cero”.
Fue justamente Seligman, ex presidente de la American Psychological Association (APA) uno de los
pioneros en preguntarse por qué la psicología no asumía otro rol (sin dejar de lado aquel primordial
y “curativo”), comenzando a indagar cómo hacen las personas para pasar de cero a más cinco. “La
salud mental es mucho más que la ausencia de enfermedad o el no sentir dolor o pena. Es sentirse pleno,
y en alguna medida feliz”, destaca el padre de la psicología positiva, una disciplina que en lugar de
enfocarse en las patologías, se centra en las fortalezas y emociones positivas como el optimismo,
el humor, el compromiso, la resiliencia (capacidad de sobrellevar con éxito circunstancias adversas), y
sobre todo la felicidad.
A partir de mediados de los 90, Seligman y un grupo de colegas, como Ed Diener, de la
Universidad de Illinois, a quien algunos conocen como “el Doctor Felicidad”, vienen realizando
numerosos estudios científicos para medir la presencia de estas emociones y determinar su
correlación con la salud física y mental, la calidad y la mayor expectativa de vida.
Dentro de esta corriente, un aporte fundamental fue realizado por el psicólogo checo Mihaly
Csikszentmihalyi (Miha, para los amigos), quien describió el “flow” o “estado de flujo” como un
sentimiento de profundo compromiso y entusiasmo en la tarea emprendida. Se trata de un estado
de fluidez creativa y bienestar que suelen manifestar artistas, deportistas y creativos, que lleva a que
las cosas “salgan bien”, casi sin percatarnos del esfuerzo puesto en ello.
El dinero… ¿ayuda?
Ante la pregunta sobre ¿qué es lo que nos hace realmente felices?, los partidarios de la psicología
Ante la pregunta sobre ¿qué es lo que nos hace realmente felices?, los partidarios de la psicología
positiva han recurrido al auxilio de otras disciplinas como la filosofía, la teología? y últimamente la
economía, dando lugar a una nueva rama de estudios: la economía de la felicidad.
Esta joven disciplina intenta develar la relación entre sentirse feliz y tener la billetera llena. De este modo,
en 2002, el psicólogo de la Universidad de Princeton Daniel Kahnemann obtuvo el premio Nobel de
Economía por sus investigaciones sobre “la utilidad marginal decreciente del ingreso”. Kahnemann
demostró que la felicidad está relacionada con un nivel mínimo de riqueza para cubrir las necesidades
básicas. Pero a partir de allí, en la medida en que los ingresos se elevan, subas de ingresos aportan niveles
de felicidad cada vez menores o directamente nulos.
El economista argentino Rafael Di Tella, actualmente profesor en la escuela de negocios de Harvard, lo
explica así: “primero quiero un auto. Cuando lo consigo aumenta mi felicidad por un tiempo corto (un año,
o dos). Después me adapto y la felicidad cae al nivel original”.
La Economía de la Felicidad “aporta valiosas herramientas al análisis del bienestar de las personas”, dice
Di Tella. “Los datos de la felicidad en los Estados Unidos desde la Segunda Guerra Mundial, se han
mantenido constantes pese a que los ingresos de los norteamericanos crecieron mucho en el mismo
período. Algo similar ocurre en Japón y en Gran Bretaña, lo que sugiere que el crecimiento económico no
está ayudando a la gente a ser más feliz”.
Millones de amigos
Para conocer el nivel promedio de felicidad de los argentinos, en 2008 los economistas Victoria Giarrizzo
Para conocer el nivel promedio de felicidad de los argentinos, en 2008 los economistas Victoria Giarrizzo
y Dardo Ferrer, del Centro de Economía Regional y Experimental (CERX), entrevistaron a 950 personas de
ambos sexos y les pidieron que evaluaran su nivel de felicidad en una escala de 1 a 10. El 79% de los
encuestados se posicionaron en niveles de felicidad de entre 6 y 8 puntos. Al consultarles cómo evaluaban
su nivel de ingresos, una proporción similar (69%) admitió que no les alcanzaba para cubrir sus
necesidades y expectativas, por lo que los investigadores concluyeron que una mayoría de los argentinos
se siente feliz, a pesar de que sus ingresos no le alcanzan.
Entonces, si no es el dinero… ¿qué nos hace felices? ¿La juventud? Negativo, un reciente estudio de los
centros de Control y Prevención de Enfermedades de los Estados Unidos mostró que las personas de
20 a 24 años estaban tristes un promedio de 3 a 4 días al mes, mientras que las personas de más de 65
lo estaban 2 o 3 días.
Tampoco son factores decisivos el coeficiente intelectual o el nivel educativo, como el propio Seligman
demostró en sus investigaciones. Los lazos afectivos serían, finalmente, el factor de mayor peso en el
logro de la felicidad, más allá del género, edad y posición social de las personas. Un estudio conducido en
2002 por Diener y Seligman entre estudiantes universitarios demostró que el 10% que dijo sentirse más
feliz y satisfecho con sus vida no eran los más brillantes en cuanto a calificaciones, ni aquellos que
provenían de hogares con mayores ingresos, sino los que tenían en promedio mayor número de amigos y
los visitaban más frecuentemente. De allí que ambos investigadores concluyeron que las habilidades
sociales son las que realmente determinan nuestra capacidad de ser felices.
La medida de la felicidad
En su best seller Authentic Happiness (La Felicidad Plena, Ediciones B), Seligman define tres componentes
En su best seller Authentic Happiness (La Felicidad Plena, Ediciones B), Seligman define tres componentes
básicos: placer (búsqueda y capacidad de disfrute), compromiso (con la familia, los amigos y la sociedad) y
significación (sentido de trascendencia de la propia vida). De estos tres factores, el placer es el menos
importante y el más volátil.
Para Kahneman, “la felicidad no es la suma de los momentos felices menos los momentos tristes o
enojosos”. Según el Nobel de Economía, “es preciso distinguir la experiencia de felicidad de su posterior
recuerdo”.
Y sus estudios muestran que el recuerdo de las experiencias está íntimamente influenciado por la
manera en queterminó. Esto explica cómo situaciones esencialmente dolorosas como un parto, son recordadas por las madres con la felicidad de haber alumbrado a su bebé.
Ahora bien, ¿feliz, se nace o se aprende? Cuánto hay de genético y de ambiental en nuestro nivel de
felicidad? Esta fue una de las preguntas que ocupó a David Lykken, psicólogo de la Universidad de
Minesotta. A fines de los 90, luego de realizar un pormenorizado estudio con 4.000 casos, incluyendo
hermanos gemelos, el investigador concluyó que “el 50% de nuestra satisfacción con la vida tiene que ver
con una programación genética, y el resto con circunstancias como el entorno familiar y educativo, el nivel
de ingresos, y la salud general.
Basado en esto, Lykken postuló que, como ocurre con el peso corporal, cada persona tiene un nivel
promedio de felicidad que, pese a las subas y bajas, siempre tiende a volver al punto de equilibro. Y fue
más allá al señalar que “intentar ser más feliz es tan fútil como intentar ser más alto”, una afirmación de la
que se arrepintió unos años más tarde, al adherir a los postulados de Seligman y otros colegas que
sostienen que más allá de los factores genéticos, cada persona puede ejercitar y acrecentar su felicidad,
como si fuera un músculo del cuerpo.
Sin embargo, como todo en la vida, la felicidad también tiene un límite. Y fue el propio Diener quien
en su último libro Rethinking Happiness (Repensando la Alegría), advierte que “una vez que se
alcanza un nivel moderado de felicidad, cualquier incremento no genera mayor satisfacción, sino
que puede ir en contra del rendimiento laboral, la motivación y la participación comunitaria y política”.
Buscando el equilibrio
Una persona enteramente satisfecha, no sentirá la necesidad de esforzarse por mejorar su vida y su entorno,
Una persona enteramente satisfecha, no sentirá la necesidad de esforzarse por mejorar su vida y su entorno,
señala el profesor de Illinois. Y no es el único. En su libro The Loss of Sadness (La pérdida de la tristeza)
Allan Horwitz y Jerome Wakefield, también alertan sobre la tendencia a diagnosticar cualquier bajón
anímico como depresión y a medicar como trastornos depresivos a situaciones de pena normal causadas
por la pérdida de una relación, un trabajo o un problema de salud.
En los Estados Unidos, el 10% de la población toma antidepresivos. Más de la mitad de ellos no lo hace
por problemas anímicos graves, sino para superar pequeños malestares.
En la Argentina, los medicamentos para el sistema nervioso (entre los que se incluyen antidepresivos y
ansiolíticos) encabezan las ventas de la industria farmacéutica, con una facturación, en el primer
trimestre del año, del orden de los $ 640 millones, según el Indec.
El exceso de alegría, además de impulsar un millonario negocio, resulta contraproducente. En la búsqueda
del equilibrio parece estar la clave del bienestar.
María Gabriela Ensinck

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