sábado, 16 de noviembre de 2013

"Hay gente de existencia breve y recuerdo perenne".


"La vida es dura, aunque merece vivirse, aún en el sufrimiento”.  Arturo 
"En situaciones como ésta, la razón humana no llega a abarcar la comprensión del poder infinito y absoluto de Dios sobre los mortales. Nunca sufrí tanto como ahora físicamente, moralmente, aunque nunca creí mas en él. Físicamente esto es una tortura, día a día, noche a noche, con una pierna rota y el tobillo de la otra completamente inflamado. Moral y espiritual por la ausencia y el deseo de ver a mi NEGRITA, a ti te quiero como no se puede querer jamás. En las noches me pongo a llorar en mi deseo de verte y abrazarte, así como a mamá y papá a los que quiero decirles que estaba equivocado en mis manifestaciones y me gustaría abrazarlos y decirles mamita y papito queridos.
Pero como comprenderán, la mayor parte para la Negrita, mi compañera,el amor mas grande de mi vida, sufrida, injustamente golpeada por la vida, a la cual quisiera acompañar hasta el resto de sus días. Te quiero mas que nunca, te necesito mía. Arturo. Te quiero mi vida, te quiero, te quiero Negra de mi alma. Fuerza que la vida es dura aunque merece vivirse, aun en el sufrimiento. VALOR."
Arturo Nogueira (Los andes, Noviembre 15, 1972) In memoriam.

http://www.augol.com/index.php/polideportivo/225-vive-en-la-memoria
POR PABLO COLMEGNA
Print
De todos los relatos que se han contado acerca de los sobrevivientes de la Tragedia de Los Andes, ha quedado un tanto postergado el de Arturo Nogueira, el rugbier de mayor compromiso social y político en aquel equipo. Está bueno rescatarlo.
El 13 de octubre de 1972, un avión de la Fuerza Aérea Uruguaya, rentado por el equipo de rugby uruguayo Old Christians, viajaba a Chile  para disputar un encuentro ante el conjunto chileno Old Grangonian. Sin dudas, una excelente oportunidad no sólo para los jugadores del plantel, sino también para familiares, hinchas y amigos del equipo, para pasar un fin de semana del otro lado de la Cordillera.
Sin embargo, y tras un error de los pilotos, quienes creyeron que se encontraban próximos al aeropuerto de Santiago y comenzaron el descenso, cuando en realidad sobrevolaban el corazón de la Cordillera, el avión Fairchild 571 impactó contra un pico de Los Andes, cortando automáticamente su cola (por allí salieron despedidos tres jóvenes y dos miembros de la tripulación) y sus alas. Increíblemente, el fuselaje del avión no explotó ni se desintegró, y cayó deslizándose por el Valle de las Lágrimas hasta impactar contra una pared de nieve que produjo una brusca desaceleración, generando que muchos pasajeros murieran o sufrieran graves lesiones, producto del aplastamiento de unos sobre otros. La tragedia había comenzado.
Arturo Nogueira tenía 21 años y era uno de los jugadores que se encontraban en el vuelo de aquella tarde fatídica de 1972.Arturo, era, además, uno de los mejores y más importantes del 15 inicial de los Old Christians: era el apertura y pateador a los palos. Paradojas del destino, tras el accidente Arturo sufrió fracturas en ambas piernas y ya nunca más pudo estar de pie. El mínimo choque o roce que recibía por parte de alguno de los chicos en el reducido espacio del fuselaje le provocaba dolores intensos.
La personalidad de Arturo contrastaba con la de la mayoría de los jóvenes que se encontraban en el avión. Años atrás, sus mejores amigos habían muerto cuando tuvieron un accidente con una canoa en las costas de Carrasco. Mientras que la mayoría de los chicos del accidente disfrutaba de un buen pasar económico y disfrutaba una vida de lujos, Arturo estudiaba en la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de la República de Montevideo y, a pesar de sus 21 años, se mostraba como un chico de amplia preocupación por los problemas de desigualdad social en una Latinoamérica que en los `70 había entrado en un terreno de aplicación de gobiernos totalitarios, con militares especialmente adoctrinados para acallar las voces de protesta emergentes y revolucionarias.
En su libro “Milagro en Los Andes”, Nando Parrado, uno de los jóvenes que cruzó la Cordillera durante diez días junto a Roberto Canessa buscando alguna población, describe a Arturo como una de las personas que cambiaron su mentalidad de joven de clase alta con una vida llena de privilegios materiales: “Arturo era diferente al resto. Era sobre todo un socialista apasionado, y su opinión inflexible sobre el capitalismo y la búsqueda de la riqueza personal lo convertía en una especie de excéntrico en medio de un mundo de opulencia y privilegios en el que la mayoría de nosotros nos habíamos criado. Le importaban las cosas relevantes, como la igualdad, la justicia, la compasión y la equidad. No le asustaba cuestionar cualquiera de las normas de la sociedad convencional ni condenar nuestro sistema de gobierno y la economía que creía que servía a los poderosos a costa de los débiles. Hablar con Arturo me obligó a enfrentarme a mis creencias religiosas y a evaluar principios y valores que nunca había puesto en tela de juicio. Yo había tenido hasta entonces una vida en la que me importaba tener bienes de lujo e ir a fiestas importantes, y poco me preocupaba por otras cosas”.
Pedro Algorta no era jugador del equipo, sin embargo fue compañero de Arturo en el Colegio Stella Maris y luego siguió estudiando con él en la universidad, igual que Felipe Maquirriain, uno de los chicos fallecidos instantáneamente tras el accidente. “Arturo era un chico de la época. Nosotros habíamos ido a un colegio de clase media alta, un colegio conservador, pero creo que tanto Arturo, como Felipe y como yo no vivíamos en una campana de cristal. Arturo tenía una vocación de servicio muy fuerte. Era bondadoso, muy solidario, muy generoso. Además, era un excelente deportista, pese a no ser muy grande físicamente. Él se daba cuenta de que estábamos en una situación complicada, y la incapacidad que tenía por sus heridas lo mortificaba mucho. Sabía que no podía ayudar, y eso de alguna manera le provocaba más dolor que el de sus propias lesiones, aseguró Pedro, a quien Arturo se le murió en sus brazos tras agonizar varios días.
Tras el accidente, Arturo pasó sus primeros días en el piso del avión, padeciendo intensos dolores por sus fracturas, hasta que Roberto Canessa tuvo la ingeniosa idea de construir hamacas con redes del equipaje del avión amarradas a unos tubos de metal, para que los heridos con extremidades rotas duerman separados del apretado y escaso espacio de los restos del avión. Sin embargo, arriba, en las hamacas, el frío era mucho más penetrante. Y eso debilitaba aún más a Arturo, quien comenzaba a decaer anímicamente.
“Al principio Arturo era el cartógrafo del grupo y tenía una gran facilidad por ubicar puntos donde creíamos que podíamos estar perdidos en la Cordillera. Sin embargo, con el paso de los días, sufriendo por sus heridas en la montaña, comenzó a caerse mentalmente; creo que ese fue uno de los motivos que lo llevaron a su final”, aseguró Eduardo Strauch, quien en el mes de febrero presentó en Uruguay el libro “Desde el silencio”, donde repasa su experiencia como sobreviviente del vuelo 571 del Fairchild.
Diego Nogueira, hermano de Arturo, quien no viajó a Chile porque tenía que estudiar, traza un análisis muy parecido al de Eduardo: “Siempre me pareció un poco imperdonable que se muriera, como si hubiese sido culpa de él. Con el diario del día siguiente es fácil saber lo que había que hacer. Para algunos que estaban allí era salir sí o sí y que era posible; otros sobrevivían por inercia, hasta que les llegaba la hora. Pero para mí Arturo tiró la toalla. Roberto Canessa también recuerda el bajón anímico de Arturo. “Que suerte que tenés la posibilidad de utilizar tus piernas, yo me siento un parásito”, le confesó Arturo a Roberto en los días posteriores al accidente, en el fuselaje del avión.
Finalmente, el miércoles 15 de noviembre de 1972, el trigésimo cuarto día en la montaña, Arturo Nogueira murió. Las fracturas infectadas por la gangrena, el frío penetrante que padecía en las hamacas, la dificultad para respirar, puesto que no podía salir del exterior del avión lo complicaron. Además, Arturo había adoptado una negativa a alimentarse varios días antes de su muerte. Fue el vigésimo séptimo en morir (fallecieron en total veintinueve personas), y fue uno de los que sobrevivió a la avalancha que azotó el fuselaje, que mató ocho personas, en el decimoséptimo día de los setenta y dos que permanecieron en la Cordillera.
Días antes de morir, le escribió una carta a su novia, Inés Lombardero, en la que habló de “Fuerza y Valor”. Hoy esa frase es el lema de la Biblioteca Nuestros Hijos, fundada en 1973 por las madres de los chicos que no volvieron de la Cordillera y ubicada en Carrasco. Pedro Algorta recuerda a Arturo hoy, a más de cuarenta años de su muerte y no lo duda: “Creo que era un tipo con un enorme potencial, que podría haber alcanzado grandes objetivos”.
"La vida es dura, aunque merece vivirse, aún en el sufrimiento”, cerró Arturo su carta a Inéshoras antes de fallecer. Nando Parrado cuenta que después de una de sus charlas con Arturo en el avión, mientras recordaban las grandes anotaciones de su amigo, que le dieron puntos al Old Christians y él lo abrazaba para que entrase en calor y sufriera un poco menos el crudo frío de las hamacas construidas en el fuselaje pensaba: “Este sí que es un hombre de verdad”.

Por Pablo Colmegna
En Twitter: @PabloColmegna
Fotos: Gentileza de la familia Nogueira










No hay comentarios:

Publicar un comentario