sábado, 25 de julio de 2015

La biología del conocimiento


En casi todas las tradiciones culturales o religiosas el conocimiento, esa capacidad de comprender las cosas del mundo, aparece como un componente central. Confiere a los humanos un gran poder que conlleva al mismo tiempo una pesada carga. En el relato bíblico del Génesis, comer del fruto prohibido implica la pérdida de la inocencia. La armonía edénica del hombre con la naturaleza se ve perturbada por la curiosidad y el conocimiento. Nuestra capacidad de generar, preservar y transmitir conocimiento ha signado nuestro devenir como especie. Desde el origen, luego de muchos “experimentos” evolutivos que nos fueron apartando de los demás primates, las habilidades cognitivas de nuestra especie nos llevaron a generar cultura, arte y tecnología. Pero, al mismo tiempo, esa capacidad ha sido una fuente inagotable de curiosidad y reflexión filosófica sobre nuestra propia naturaleza, generando perplejidad acerca de nuestra identidad y lugar en el universo. En todo caso, tal capacidad ha sido una fuerza creadora y transformadora que ha cambiado radicalmente el mundo en que vivimos.
El siglo XX fue testigo de la incorporación de la mente al conjunto de problemas abordables desde la ciencia. Ya desde fines del siglo XIX, la neurología y la neuropsicología mostraban de manera inequívoca que el cerebro es el asiento de las actividades cognitivas y emocionales. El estudio de los fenómenos mentales fue enlentecido por el conductismo estadounidense, una corriente de pensamiento que pretendía entender el comportamiento humano únicamente estudiando las relaciones entre estímulos y respuestas. No obstante, en Europa trabajos como el del biólogo Jean Piaget fundaron la psicología del desarrollo y marcaron a la psicología hasta hoy con una serie de profundas reflexiones y teorías que combinan biología, psicología y epistemología.
Fue, sin embargo, el paradigma computacional, que debe mucho al trabajo del matemático inglés Alan Turing, el que liberó al estudio de la mente de la ortodoxia del conductismo. Turing hizo avanzar formidablemente la noción formal de computación y de máquina programable, haciendo posible un modelo materialista de la mente según el cual el cerebro es una máquina que computa y la mente un tipo de programa. Poco después, los neurobiólogos comenzaron a crear modelos capaces de realizar operaciones lógicas, utilizando aspectos de estructura y funcionamiento inherentes a las neuronas y sus conexiones. La computación impactó asimismo en disciplinas vinculadas con las humanidades, tales como el programa de estudio de la lingüística establecido por Noam Chomsky. La búsqueda de reglas formales explícitas capaces de describir la competencia lingüística humana alimentó una vigorosa experimentación y llevó incluso a parte de la psicología cognitiva a alejarse de la neurobiología, al poner el acento en una forma de computación abstracta, sin considerar la naturaleza de la “máquina” que la realiza. Pero los rápidos avances actuales de las neurociencias, las modernas teorías de redes de neuronas y las nuevas técnicas imagenológicas que permiten “ver” al cerebro funcionando están produciendo una nueva convergencia, en la que aquel computacionalismo ingenuo está dejando paso a formas más refinadas y comprehensivas de entender la mente.
Esta nueva idea acerca de la naturaleza de la mente humana está arraigada fuertemente en la biología gracias a los avances en la genética, la biología molecular, la evolución y, particularmente, las neurociencias, que comienzan a generar el cuerpo de conocimientos necesario para entender los mecanismos materiales que subyacen al comportamiento animal y al humano en particular.
El hombre, al igual que otros seres vivos, no es una tabla rasa que la cultura programa. Somos organismos biológicamente equipados con estructuras cognitivas destinadas a la vida social y especializadas para ella, como es muy evidente en el caso del lenguaje o, de modo más sutil, en el sistema que nos permite reconocer y empatizar emocionalmente con nuestros congéneres. Nuestro ser social está definido por nuestro equipamiento biológico y, a su vez, lo social define nuestro lugar de existencia natural. El desarrollo correcto de las capacidades cognitivas individuales requiere la interacción con el mundo y particularmente con otros individuos de la especie.
Esta síntesis explica la influencia creciente de las neurociencias. Desde la medicina a la educación y desde la tecnología a la economía, el rango de posibles impactos de las ciencias del cerebro es sumamente amplio. De manera similar a lo que ocurrió con el proyecto Genoma Humano a fines del siglo pasado, hoy existen múltiples iniciativas y proyectos sobre el cerebro que marcan probablemente el comienzo de una nueva etapa en la que los estudios sociales, neurobiológicos y cognitivos, fertilizándose recíprocamente, produzcan nuevas maneras de entender lo que somos y herramientas para mejorar nuestro hacer colectivo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario