Un mal día podría determinar el tipo de decisiones que tomamos: el estado de ánimo juega un papel
mucho más importante del que solemos creer en nuestro día a día.
Toda la vida nos hemos enfrentado a hipotéticas paradojas morales: ¿matarías un niño si así aseguraras la paz mundial? ¿Si tuvieras que elegir a un sólo miembro de tu familia para ser salvado de un campo de exterminio, quién sería? ¿Cómo te sentirías a respecto de los demás? Incluso las morales más sólidas titubean frente a decisiones de este calibre, pues el ser humano no puede ser totalmente práctico en estas situaciones: incluso su pensamiento racional está condicionado por estados de ánimo variables.
Un estudio publicado en la revista Cognition por un grupo de investigadores alemanes afirma que el “mood” o estado anímico puede influir en la respuesta a escenarios como los arriba descritos. La pregunta es, ¿cuál es el mecanismo por el cual elmood afecta nuestras decisiones morales? No estamos hablando de bagatelas como encontrar una cartera con dinero en la calle y llevarla a la policía, sino los juicios más extremos que deben ser asumidos en cosa de segundos.
Según el estudio, las áreas del cerebro usualmente asociadas a procesar información emocional
se activan cuando cuando tomamos decisiones morales personales, a diferencia de cuando
debemos tomar decisiones moralmente impersonales. Los científicos concluyen que las
emociones juegan un rol importante en estos juicios, mientras que nuestras áreas racionales
permanecen fuera del campo.
Pero afirmar que decidimos con nuestras emociones no es suficiente. No se trata solamente
de que las emociones influyan en el proceso de toma de decisiones, sino que el proceso
mismo sería emocional. El estado actual de la tecnología que permite observar al cerebro
en su funcionamiento tiene muy poca resolución temporal, por lo que las áreas que se
escanean de nuestro cerebro tienen un retraso de unos pocos segundos. Esto vuelve difícil
saber si los juicios son emociones o si solamente están influenciados por ellas y por nuestra
racionalidad. Así, aún estamos en el proceso de saber hasta qué punto un mal día puede decidirnos
a tomar decisiones moralmente cuestionables y asumirlas con total responsabilidad, o si un buen
estado de ánimo podría evitar que salváramos al mundo asesinando al hipotético niño del ejemplo.


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