martes, 24 de mayo de 2011

La brújula interior

http://franciscoalcaide.blogspot.com/2008/08/la-brjula-interior.html

He releído en estos días el libro «La brújula interior», de Álex Rovira, que lleva como subtítulo, «Conocerse a uno mismo es fuente inagotable de éxito duradero». Según nos revela el autor, el título es simbólico del mensaje que se quiere transmitir. En primer lugar, el término «brújula» hace referencia a un utensilio que sirve para orientarse. Este instrumento, por sí mismo, únicamente da indicaciones, referencias, información, en definitiva, y es cada uno –de ahí el término «interior»– el que finalmente selecciona el trayecto por el que desea caminar.

Las dos patas sobre las que discurre este texto tienen su origen en el pensamiento clásico. En primer lugar, la idea del Oráculo de Delfos que tiene como protagonista principal al ateniense Sócrates: «Conócete a ti mismo»; en segundo término, la idea sostenida por Píndaro: «Sé el que eres». El ensamblaje de ambos pensamientos da como resultado el hilo conductor de esta publicación: sólo si uno se conoce así mismo está en condiciones de llegar a ser el que puede ser.

La metodología seguida por Rovira se articula en torno al remite de 25 cartas escritas de una persona a su jefe, a lo largo de las cuales se van desmenuzando diferentes pensamientos de aplicación a la vida, en general, y al mundo de la empresa, en particular. Este esquema pretende mostrar el proceso de maduración que el autor pasó a lo largo de seis años en la búsqueda de la dirección de su vida. Cada una de las cartas es una invitación a la reflexión, un despertador del alma que nos empuja a explorar y penetrar en lo más hondo de cada persona y sacar aquello que circula por el «interior» a la espera de ser sacado al «exterior». Es un alegato a ser fiel y auténtico con nosotros mismos; una provocación al «yo» inigualable; una invitación a hacer una excursión a nuestro ser más íntimo y encontrar la verdadera vocación que nos está esperando; una llamada a recuperar los anhelos y deseos propios y sacudirnos de los convencionalismos sociales que nos invaden; en definitiva, una señal para liberarnos de esas ataduras que no nos dejan realizarnos plenamente.

Álex Rovira lo expresa sin tapujos: «La felicidad sólo llega cuando no somos objetos de otros, sino sujetos de nosotros mismos». Si uno no lucha por sus sueños, otros vendrán a imponernos los suyos. Pocos se atreven a dar un golpe de timón y coger las riendas de su propia vida para ejecutar aquello que siempre soñaron hacer. Todos somos muy buenos en algo; y somos buenos sólo con aquello con lo que disfrutamos; sin embargo, pocas veces desempeñamos aquella actividad donde podemos desplegar toda nuestra potencialidad, disfrutar y hacer disfrutar a los demás. Si hacemos del trabajo un ejercicio lúdico, algo sólo factible cuando nos encontramos cómodos en la tarea, los resultados están garantizados.

Muchos recurren a las circunstancias para escudarse y descargar insatisfacciones que les exculpen de cualquier responsabilidad sobre el rumbo de su vida. Álex Rovira apuesta por aquellos que son consecuentes con su «corazón» más que con su «cabeza» en la búsqueda de la identidad personal. El corazón es el «gran aliado» del éxito humano. Para ello, Rovira exhibe frases escuchadas a mucha gente en primera persona y anotadas a lo largo de sus experiencias profesionales y personales. Todas ellas anhelaban fervientemente algo; pocos se atrevieron a hacer caso a la llamada del «gran aliado»: «Yo quería ser empresaria, montar comercios, boutiques de moda para la mujer. Pero en aquel momento lo tenía fácil para entrar en la Administración y ahora soy funcionaria». Y también: «Lo mío siempre han sido los animales: los caballos y los perros, concretamente. Pero estaba tan mal visto ser veterinario, así que estudié derecho, como mis hermanos mayores, mi padre, mi tío y mi abuelo».

A estos individuos se podría aplicar esa frase perversa que Rovira resume de la siguiente forma: «Me ganaba la vida… pero no la vivía». La vida está ganada de antemano para quienes son consecuentes con su corazón porque todo lo que emana de él tiene el sello de la autenticidad. Álex Rovira recoge las palabras del anciano Morrie Schwartz, en la obra «Martes con mi viejo profesor» de Mitch Albom: «Haz las cosas que te salen del corazón. Cuando las hagas no estarás insatisfecho, no tendrás envidia, no desearás cosas de otra persona. Por lo contrario, lo que recibirás a cambio te abrumará».

Más adelante Rovira cita también la obra del brasileño Paulo Coelho, «El alquimista», en cuyo texto se resume el mensaje que el autor quiere expresar:

¿Por qué hemos de escuchar al corazón?, preguntó el muchacho.

La respuesta es concluyente:

Porque donde él esté, estará tu tesoro.

El problema radica, como dice este especialista, en que «nos oímos pero no nos escuchamos». Todos experimentamos un ronroneo interior que nos seduce gratamente pero con el que no nos atrevemos a coquetear por temor a caer rendidos a sus encantos. Tenemos miedo a ser lo que somos. Por este motivo, el mayor combate que debe librar y vencer el hombre es consigo mismo. Detrás de esas conductas hay razonamientos paralizantes en los que hay una clara aversión al riesgo en las que prevalece lo malo conocido a lo bueno por conocer. No nos gusta lo que somos pero no tenemos agallas de coger otra alternativa. Nos asusta el cambio. Así, mucho talento oculto queda malogrado al no embarcarse en proyectos estimulantes que están a la espera de ser botados y quedan amarrados en puerto seguro sin zarpar por temor a la incertidumbre del oleaje.

Además, quien no escucha a su corazón no sólo se desaprovecha así mismo, sino que igualmente priva del deleite a los espectadores y beneficiados de un desempeño bien realizado por alguien que disfruta con lo que hace. Alejarnos de nuestra propia felicidad es también motivo de insatisfacción para los demás. No hay nada peor en esta vida que el «talento malgastado». Todos contamos con un don singular en alguna parcela o materia; somos especiales haciendo algo, destacamos y los demás aprecian este talento característico; tenemos destreza y lo pasamos bien con ello, experimentamos una sensación agradable; ahí generalmente es donde somos diferentes a la mayoría. Nos diferenciamos; y nos diferenciamos porque la pasión mueve los hilos de la excelencia. Por el contrario, cuando no existe sintonía entre lo que uno siente «internamente» y lo que manifiesta «externamente» es difícil rendir como se espera de nosotros. Autorrealización es sinónimo de máximo rendimiento. Calidad es sinónimo de disfrute. El entusiasmo es un ingrediente esencial de la perfección. Sólo aquellos que les corre pasión por las venas –esto se aprecia habitualmente en profesiones artísticas– están en disposición de alcanzar cotas elevadas. Rovira utiliza otra de sus fuentes de inspiración, Rabindranath Tagore: «Tu trabajo es descubrir tu trabajo… y luego entregarte a él con todo tu corazón».

Este experto nos sugiere que en lugar de centrarnos en aquellas parcelas menos amables de nuestra persona hay que poner la vista en aquella «ventaja competitiva» que nos diferencia y hace que seamos únicos: «Se trata de buscar e identificar nuestras fortalezas, incluyendo las habilidades olvidadas. No se trata de luchar contra las debilidades, sino de transformar y hacer crecer las habilidades positivas, actualizando su potencial. Las que tenemos y las que tuvimos, pero descuidamos. Vamos a desempolvarlas y ponerlas en forma en nuestro yo, aquí y ahora. Ello nos hará tomar conciencia de que somos mucho más capaces de lo que creemos. Tan sólo se trata de que recordemos y actualicemos ese potencial».

El ejercicio de autorreflexión es inevitable para quitarle el polvo a nuestras inquietudes más ocultas. Con frecuencia cambiamos de trabajo, de compañeros, de jefes, de sector… y seguimos igual. Más de lo mismo. Séneca ya lo advertía: «No hay buen viento para quien no sabe a dónde va». La ausencia de objetivos definidos es siempre argumento recurrente para explicar el descontento que nos invade. Por el contrario, quien cuenta en su agenda con un proyecto ilusionante, los inconvenientes se transforman en retos; las trabas, en desafíos; y los contratiempos, en fases de aprendizaje.

Entre los principales enemigos de la autorreflexión Rovira cita la pereza, los convencionalismos o las prisas; y achaca a este último aspecto como uno de los más perjudiciales para nuestra ventura personal. Entenderse, conocerse y saber lo que se quiere exige tiempo, calma y reflexión, algo sólo alcance de quienes saben parar el reloj, desconectar el móvil y alejarse con inteligencia de la realidad inmediata. La palabra «»urgente» y el «ruido» nos torturan a cada instante alejándonos de esa felicidad cotidiana que todos anhelamos fervientemente.

Para comprender esta realidad Rovira cita nuevamente a Morrie Schwartz en «Martes con mi viejo profesor»: «Una parte del problema (…) es la prisa que tiene todo el mundo. Las personas no han encontrado sentido en sus vidas por eso corren constantemente buscándolo. Piensan en el próximo coche, en la próxima casa, en el próximo trabajo. Y después descubren que esas cosas están vacías, y siguen corriendo».

El valor del «silencio» es ensalzado como un manantial de crecimiento personal. Tierra fértil que hace emanar la parte más noble de cada individuo. Sólo en esas circunstancias, cuando la soledad del silencio hace acto de presencia, es posible «autoencontrarse». El silencio, «el sonido más fuerte» como lo calificó Lao–Tse, golpea nuestra parte latente, adormecida y anestesiada por la masa, para despertarla y ponerle alas. Poner freno a los perturbadores del silencio, es la salida al deleite en la actividad profesional. Sólo si se realiza una auditoría de autorreflexión sincera es posible poner en funcionamiento los cauces necesarios para llegar a donde uno realmente desea poner los pies. Un diagnóstico personal acertado es el mejor revulsivo para un caminar feliz.

En este peregrinaje hacia nuestro ser más profundo, la paciencia es subrayada por Rovira como una herramienta básica a todo proceso descubrimiento personal. A la madurez se tarda tiempo en llegar. Ya es complejo mirar al corazón, mucho más ver hechos realidad nuestros sueños. Ninguna carrera de éxito se escribe de la noche a la mañana. A algunos –los que hacen poco y hablan mucho– pudiera parecerles que sí, pero eso es una percepción errónea, ya que cuando uno coge entre las manos cualquier biografía que ha dejado huella en la historia descubre que en el backstage de cualquier proyecto ambicioso hay una capacidad de espera admirable. No pain, no gain, que dicen los anglosajones. Todo reto que merece la pena exige una fase de reposo cargado de perseverancia y espera. Pico y pala, y mucha paciencia. A pesar de todo, la paciencia parece exiliada en nuestro diccionario personal. La inmediatez es un gran enemigo de la eficacia. La paciencia es un excelente cómplice del triunfo.

Álex Rovira nos advierte también que en nuestra búsqueda interior es mejor no dejarse apabullar por eslóganes del momento; los convencionalismos de la época que nos arrastran a asumir compromisos en los que no estamos interesados. El éxito no es lo que los demás nos dicen que es el éxito. El éxito es lo que para cada uno es importante. El éxito es estar contento con quien uno es. No es fácil. La sociedad proclama determinados valores que a veces chocan con lo que la persona realmente desea para sí mismo y que hay que tener el coraje de autoproclamar. En cierto modo existe una dependencia de la aceptación social generalizada de la que no es sencillo sacudirse. El aplauso social nos abruma y nos despista de nuestro carril. Ello implica tener una personalidad madura y segura para emprender caminos a menudo poco transitados. Ser uno mismo tiene un coste emocional notable, el rechazo social. El que se aparta del rebaño es visto como un bicho raro.

Al hablar de esta cuestión Álex Rovira lo explica con gran agudeza: «A veces a los intrépidos, a los que arriesgan, a los que rompen una pauta, a los que van a la contra, a los que hacen las cosas de una manera diferente, a los que se permiten mirar de una manera diferente, a los que se escuchan de verdad, a los que viven su vida, a los bohemios, a los rebeldes, a los que van contra el sistema, a los que hacen lo que les apetece y disfrutan de ello sin hacer daño a los demás… a todos ellos se les insulta diciéndoles que son unos inconscientes cuando probablemente son los más conscientes, los que están más en contacto con su verdadero yo y se dan el permiso de expresarlo». Sobran las palabras.

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