
La situación de inestabilidad en la que el mundo entró tras lo que fue definido como el primer día D del tercer milenio, el 11 de septiembre de 2001, con la destrucción de las Torres Gemelas, en Nueva York, es sólo en parte excepcional. Al igual que únicamente los menos avezados juzgarán como inauditas situaciones tan lamentables como el avión de Germanwings estrellado por un piloto o las promovidas por elEstado Islámico en Siria, Libia, etc. o por el imperialismo ruso en Ucrania.
Todas son manifestaciones, dentro de sus peculiaridades, de esa inestabilidad en la que vivimos y que muchos se fuerzan en soslayar, como si la incertidumbre no existiese o se encontrase lejos de nosotros. ¡Vano esfuerzo!
¿No sucede, más bien, que la persona se niega sistemáticamente a aceptar su verdadera condición ontológica, y eso le conduce a innecesarias sorpresas por negarse a detectar la composición del mundo en el que se desenvuelve? ¿No ocurriría que si fuésemos capaces de afinar nuestra mirada sobre el entorno, sobre nosotros mismos y sobre los demás, las soluciones que ofreceríamos serían, al menos en parte, más efectivas?
Estructuro mis sucesivas reflexiones en los siguientes apartados: nuestra situación en el mundo, la posibilidad de gestionar incertidumbre, cómo hacerlo con respecto al entorno, a los demás y a uno mismo. Adelanto ya que considero que quien sabe gestionarse a sí mismo, como imperfecto -¡todos lo somos!-, estará en mejores condiciones de ofrecer respuestas válidas a los desafíos que se plantean en el comienzo de este milenio.
Escribió Casiano en el siglo IV aportaciones que resultan plenamente actuales: “conviene no forjarnos ilusiones. La paz de nuestro espíritu no depende del buen carácter y benevolencia de los demás. Ese carácter bueno y esa benignidad de nuestro prójimo no están sometidos en modo alguno a nuestro poder y a nuestro arbitrio. Esto sería absurdo. La tranquilidad de nuestro corazón depende de nosotros mismos. El evitar los efectos ridículos de la ira debe hallarse en nosotros y no supeditarlo a la manera de ser de los demás. Superar la cólera no ha de depender de la perfección ajena, sino de nuestra virtud”.

Me intereso, para empezar, en un sendero por el que toda organización -y cada persona- ha de peregrinar: la transición de la épocacarismática a la burocrática. Este camino, que suele recorrerse de forma casi inevitable a los pocos años de la puesta en marcha de una organización, se repite, con modificaciones, a lo largo de su historia. Si no en todo el sistema, sí en algunas de sus unidades de negocio, o de sus departamentos.
Conocer los peligros no significa que aumente el peligro de caer en ellos. Más bien sucede lo contrario: ignorar los obstáculos conduce a tropezar más fácilmente. A efectos pedagógicos formularé algunas propuestas en tono negativo, pues eso puede contribuir a la reflexión sobre lo que nunca ha de permitirse que suceda en el propio entorno. Mi objetivo es estimular el afán por mejorar en los sistemas -¡buenos!- que están empleando algunos para desarrollar y seguir fortaleciendo sus organizaciones. Soslayartrampas en las que otros han caído es en sí mismo aconsejable.
Aclaro, en fin, que todos los ejemplos empleados en mis reflexiones sobre la gestión de la incertidumbre proceden fundamentalmente de organizaciones que bien conozco: tres de ellas financieras, dos de servicios de salvación (aunque competitivas entre sí responden a los mismos esquemas), dos aseguradoras (de mejor marca que actuación operativa) y cuatro instituciones académicas (dos públicas y dos privadas). Las modificaciones que emplearé al narrar sucesos acaecidos son epidérmicas y con el objeto de que no sean identificables.

Javier Fernández Aguado
- Cargo: Socio
- Empresa: Mindvalue
- Blog: javierfernandezag

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