domingo, 20 de noviembre de 2016

Desarrollar el talento para construir una sociedad mejor (2/2)

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Si has arribado a esta entrada desde cualquier lugar, fíjate que es la segunda parte de la anterior, aunque también es,  en cierto sentido, auto-contenida.

¿Es posible un sistema educativo orientado al desarrollo del talento?

Desde luego que sí. No solo es posible, sino que es urgente que nos planteemos que nuestras sociedades no pueden subsistir con sistemas educativos que no estén dispuestos a caminar por la senda de la excelencia y la optimización de los resultados del aprendizaje de cada estudiante, de cada universitario.

Una enseñanza graduada que ignore sistemáticamente las diferencias individuales es, simplemente, un camino inadecuado para promover el desarrollo de las personas. Y entiendo que no hay educación de calidad si no se logra optimizar el rendimiento de cada persona.

Un sistema educativo mejor, en suma, es el que logra que sus estudiantes mejoren sus resultados. Y a pesar de las evidencias de los estudios internacionales de evaluación -que parecen mostrar lo contrario-, la mejora en nuestro país, en cualquier país, es posible y necesaria.

No cabe duda de que cuanto peores sean los resultados de un sistema educativo más perjudicados serán todos los alumnos, pero particularmente los más capaces, porque son los que presentarán un déficit mayor entre sus posibilidades y sus realizaciones.

Se percibe en muchos países, España no es una excepción pero tampoco un caso único, una cierta obsesión por eliminar las diferencias de los escolares –algo, por otra parte, completamente imposible- pretendiendo que todos sean más iguales. Incluso se afirma que la escuela está para promover la igualdad. Mejor podríamos decir con Eisner que “La buena escuela no es la que ignora las diferencias individuales; las incrementa. Eleva la media e incrementa la varianza”.

Un sistema educativo mejor, a mi juicio, es aquel que promueve la personalización educativa y la flexibilidad curricular, permitiendo que cada alumno pueda llegar tan lejos como su capacidad y motivación permitan, a tanta velocidad como sus condiciones personales para aprender faciliten, con tanta amplitud como su curiosidad intelectual y creatividad favorezcan.

¿No es posible realmente una educación así? ¿Están los sistemas educativos condenados a perseguir la abstracción del “alumno medio” para siempre? ¿No podríamos conseguir que los profesores se convirtieran en facilitadores del aprendizaje de sus alumnos en lugar de protagonistas del trabajo escolar o académico? ¿No podríamos hacer de las escuelas, de las universidades, verdaderos centros de aprendizaje en lugar de ámbitos prioritariamente de enseñanza?
Se habla con frecuencia de la sociedad del conocimiento (mejor diría de la información). La educación en la Sociedad del Conocimiento –de la sociedad conceptual, como la llama Pinch- exige diversos cambios de capital importancia para el sistema educativo.

En primer lugar es precisa una redefinición del aprendizaje. Aprender ya no es ‘saber cosas’ sino saber gestionar la información, saber plantearse nuevos problemas y nuevos modos de resolverlos, es aprender a tomar decisiones sobre el propio trabajo.

Es precisa también una redefinición de la enseñanza. La tarea de los profesores en esta sociedad tan cambiante no es precisamente responder al último producto del cambio, sino enseñar a los alumnos a saber acomodarse a él.

Lo importante ya no es qué se enseña sino cómo se enseña. La importancia reside en lo que se aprende, no en lo que se enseña. Lo que interesa no es enseñar sino aprender, transferir el protagonismo de la actividad al alumno, que es quien debe hacer suya la información y transformarla en conocimiento significativo y funcional para él. Ya no se trata de transmitir contenidos, que por otra parte estarán desfasados en poco tiempo, sino de fomentar hábitos intelectuales. Aquí reside una de las claves y el mayor de los retos del sistema educativo en una sociedad en la que los resultados fáciles a corto plazo priman sobre cualquier otra consideración.

Como consecuencia de lo anterior, será necesario que el profesor cambie su papel de actor al de orientador, de expositor de conocimientos al de asesor, transfiriendo al alumno el protagonismo que, por otra parte, sólo él tiene; el alumno es el aprendiz, aunque no es tan seguro que siempre aprenda, como le ocurre al profesor. Lograr una implicación personal a través de la acción es uno de los retos de la educación moderna, que va mucho más allá de la profusión de medios tecnológicos, como a veces puerilmente se piensa. “Para saber lo que queremos hacer, tenemos que hacer lo que queremos saber, podríamos decir recordando aquella máxima, tan actual, del estagirita”. El alumno debe pasar de espectador a protagonista, de sujeto paciente a sujeto agente.

La implantación decidida y la integración cabal de las tecnologías, particularmente las digitales, pueden hacer posible esta aparente utopía, pero no porque facilitan el rápido acceso a la información y la hacen asequible; esto siendo mucho, es poco. La importancia de las tecnologías reside a mi juicio en dos aspectos básicos: la diferente función que adquieren en el proceso de enseñanza-aprendizaje profesor y alumno y en que el tratamiento de la información ya no es lineal y permite estructuraciones diversas.

Por eso la clave ahora es una educación que fomente hábitos intelectuales, en lugar de la mera transmisión de conocimientos. Lo importante no es lo sabido, sino el saber. “Lo descriptivo cederá la primera posición a lo metodológico. Lo formativo tendrá mayor relevancia que lo informativo. El objetivo focal será una intensa y amplia preparación intelectual: aprender a pensar con rigor, hondura y creatividad” (Llano, A., 1994).

Sabemos cómo potenciar el desarrollo del talento de nuestros estudiantes, la investigación y la práctica educativas nos han mostrado el camino. Pero si es así, ¿por qué los sistemas educativos se obstinan en dejar de lado a sus estudiantes más capaces? ¿Por qué no nos tomamos más en serio el desarrollo del talento de nuestros alumnos más brillantes, que son los que más deberían aportar en la construcción y progreso de las naciones? Es un sin-sentido que debería cambiar de manera radical, entendiendo con más acierto lo que significa la equidad de los sistemas y planificando políticas educativas acordes con ello.

Quiero hacer, para terminar, unas pocas consideraciones:
  • El futuro de las sociedades se afianza en la promoción de la excelencia de todos sus ciudadanos.
  • Es una imperiosa necesidad llevar a cabo procesos de identificación sistemáticos y periódicos de la capacidad intelectual desde las más tempranas edades para que ello permita intervenir estimulando el desarrollo del talento desde las edades escolares, para poder continuarlo en los centros de educación superior.
  • Es de justicia que el sistema educativo identifique activamente a los más capaces para ofrecerles la mejor educación posible, aquélla acorde con sus capacidades. Lo mismo se aplica a la Universidad.
  • Es preciso crear las condiciones para que los agentes sociales y económicos puedan intervenir en la financiación de programas de desarrollo del talento en las diversas edades, llevando el mecenazgo a los niveles de los países más avanzados.
  • Vivir de espaldas a la existencia de jóvenes con alta capacidad supone desatender –por ejemplo, en España- centenares de miles de alumnos. Esto tiene como consecuencia el déficit de personas bien formadas que puedan aportar su talento al desarrollo científico, humanístico, tecnológico, artístico, deportivo, etc., de todo el país.
  • Cultivar y promover el talento es una exigencia de la igualdad de oportunidades que lleva a dar a cada uno la educación que precisa, haciendo los sistemas educativos verdaderamente equitativos.
  • Fomentar un sistema educativo que promueva la excelencia mejorará la educación de todos. Además, favorecerá que el talento de los más capaces sea puesto al servicio de la sociedad quienes liderarán la construcción de un futuro mejor para todos.
  • Los jóvenes con talento solo podrán lograr un desarrollo intelectual y personal pleno si se les permite desplegar todo su potencial intelectual sin barreras.

Me gustaría recordar aquí al apreciado profesor Julian Stanley, de quien tanto aprendí, que decía refiriéndose a los alumnos más capaces, que no debemos olvidar que: “ellos nos necesitan a nosotros ahora, pero nosotros los necesitaremos a ellos mañana”. Si olvidamos cuál haya de ser nuestra aportación en este proceso pondremos en serio riesgo el futuro de la construcción social y del desarrollo de nuestras naciones.

Por ello termino con unos versos de Joan Maragall tomados de “El elogio del vivir” que se adaptan muy bien a los que estamos empeñados en hacer un sistema educativo y una sociedad mejores para todos:

Ama tu oficio,
tu vocación,
tu estrella,
aquello para lo que sirves,
aquello en lo que realmente,
eres uno entre los hombres,
esfuérzate en tu quehacer
como si de cada detalle que piensas,
de cada palabra que dices,
de cada pieza que colocas,
de cada golpe de tu martillo,
dependiese la salvación de la humanidad.
Porque depende, créeme.

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