lunes, 12 de diciembre de 2016

EN EL PUNTO DE BIFURCACIÓN

http://xavierferras.blogspot.com.uy/2016/12/en-el-punto-de-bifurcacion.html 

Estamos en un punto de inflexión crucial en la historia. En un punto de bifurcación hacia un futuro de abundancia o un futuro de desigualdad. Y, si no me creéis, os aconsejo leer este escrito de Stephen HawkingThis is the most dangerous time for our planet. 

Y aquí va mi artículo sobre el tema, publicado en La Vanguardia del 10/12/16:


Estamos en el año 2060. La economía entra en su cuarta década de estancamiento, con crecimientos inferiores al 2% en los antiguos países avanzados, significativamente por debajo de los niveles anteriores a la Gran Recesión de 2008. No se crea empleo. La desigualdad se ha incrementado en un 40% desde entonces. Los empleos de baja y media capacitación han sido casi por completo sustituidos por robots. También  han desaparecido buena parte de los trabajos que requerían pensamiento estratégico o toma decisiones. La inteligencia artificial se ha llevado por delante a directivos, médicos y científicos. El mercado de trabajo está totalmente polarizado: una masa de asalariados que compiten por los pocos empleos, mal pagados, que restan; y una élite de emprendedores y financieros de éxito. Suecia tiene índices de desigualdad similares a las de Estados Unidos en 2016. En los suburbios de Estocolmo languidecen masas de homeless, mientras en el centro urbano se suceden las rápidas operaciones corporativas de compra y venta de startups de crecimiento exponencial. El modelo se reproduce en Londres, Berlín o Barcelona. La estructura social de la Alabama de 2016 es la de las metrópolis europeas de 2060, cuyos suburbios parecen el decrépito American Rust Belt de principios del siglo XXI, aquél que votó masivamente a Donald Trump. Los Ángeles o Detroit son como la Manila de 2016. El severo cambio climático ha erosionado aún más el crecimiento económico mundial, dañando especialmente zonas de Asia-Pacífico. Grandes plataformas digitales, extremadamente ricas, pero sin trabajadores, dominan buena parte de los sectores de la economía: desde la gran distribución a la banca o la automoción. Las fábricas y las cadenas logísticas, totalmente automatizadas y silenciosas, trabajan a oscuras (los robots no necesitan luz). Pese a todo, la productividad ha crecido en un 75% debido a la introducción de nuevas tecnologías, y Europa y Estados Unidos han absorbido 50 millones de inmigrantes cada una. El populismo y la xenofobia dominan la escena política. En un caótico “sálvese quien pueda”, algunos países (incluso ciudades) han decidido escapar del proceso globalizador, levantando fronteras y aranceles, y creando sus propias monedas, lo que les ha llevado a un colapso aún más rápido.

No es una escena de Mad Max. Es uno de los posibles escenarios del estudio de la OCDE Policy Challenges for the Next 50 Years. Efectivamente, según la universidad de Oxford,  el 47% de los empleos pueden ser suprimidos en las próximas dos décadas por efectos de la robotización. Y según el Banco Mundial, dichos efectos pueden ser superiores en países en desarrollo, donde dos tercios de los empleos están amenazados. Pero frente a estas visiones apocalípticas, destacan otras visiones tecno-optimistas. Según los fundadores de Singularity University (universidad patrocinada por la NASA y Google), el futuro es mucho mejor de lo que esperamos. De hecho, nos espera un futuro de abundancia. La tecnología es una gran fuerza liberadora de nuevos recursos. Y en este momento, un mínimo de una docena de nuevas tecnologías disruptivas están penetrando en todos los ámbitos de la economía y de la sociedad, llegando todas a la vez, recombinándose y realimentándose entre ellas: impresión 3D, internet de las cosas, nuevos materiales, big data, computación cognitiva, energías renovables, y genómica avanzada, entre ellas. Y todas presentan índices de crecimiento exponencial. 

De hecho, si la tecnología permitía integrar 1.000 transistores en un circuito electrónico en 1980, hoy es posible integrar 10.000 millones, lo que habilita que todos llevemos un dispositivo de altísima tecnología en nuestros bolsillos, con conectividad y datos casi infinitos, audio, video, y posicionamiento por satélite. En una década se ha multiplicado por siete la potencia de energía solar instalada en el planeta, y se ha dividido por diez su coste. En mayo de este año, Alemania se alimentó, íntegramente, durante un día, de energías renovables, marcando un hito en el desarrollo de las mismas. En Estados Unidos, a igualdad de superficie cultivada de cereal, la producción se ha multiplicado por 9 desde 1930. Hoy la medicina genética posibilita analizar el ADN del individuo por unos pocos centenares de dólares. La globalización y el desarrollo tecnológico han conseguido reducir la mortalidad infantil en un 90% en el último siglo. Incluso en el África Subsahariana, se ha reducido en un 60%. Y se han extraído millones de personas de la pobreza extrema, especialmente en Asia y Latinoamérica: si en 1980, el 44% de la población mundial subsistía con menos de 1,90 dólares diarios, hoy sólo es el 9’6%. En un siglo, el coste de la electricidad se ha reducido 20 veces, el del transporte, 100 veces, y el de las comunicaciones 1000 veces.


¿Cómo es posible que bajo este escenario de exuberancia tecnológica, se planteen posibilidades de involución y de nueva extensión de la pobreza? La tecnología es una increíble fuerza de progreso, pero su expansión es tan rápida e insólita que la economía no sabe cómo interpretarla. Y crea una profunda brecha sistémica: no es capaz de generar suficiente empleo. Mientras Whatsapp es adquirido por Facebook por 19.000 millones de dólares, el cinturón industrial americano pierde cinco millones de empleos. Mientras gigantes como Kodak sucumben ante la tecnología digital, emergen substitutos, como Instagram, que sólo ocupan a unas decenas de empleados. Elon Musk, fundador de Tesla, ha manifestado que el imparable cambio tecnológico nos lleva de forma irremediable a plantear alguna forma de renta básica universal. Estamos en un punto de inflexión en la historia. De hecho, en una bifurcación. Abundancia o desigualdad, ese es el gran dilema. ¿Sabrá nuestra generación resolverlo? ¿Qué camino tomaremos?

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