jueves, 30 de junio de 2016

Los genios que buscaban la creatividad caminando

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Deambular es una técnica creativa utilizada a menudo por escritores y pensadores

Adelgazar es una deriva innoble de caminar. Durante siglos, muchos filósofos y artistas han recorrido cientos de kilómetros a pie. Pero ni querían estar flacos ni llegar a ningún sitio. Tenían otra ambición: al perderse entre las calles se perdían entre sus pensamientos.

La flotación

El flâneur salió a caminar por las calles de París en el siglo XIX para descubrir la literatura que irradiaba del empedrado. Hacía más de trescientos años que usaban esa palabra en Francia para hablar de los hombres que deambulaban por las calles, sin rumbo y con pinta de estar perdiendo el tiempo. Vagar siempre fue sospechoso. Pero Honoré de Balzac, Charles Baudelaire y otros poetas dignificaron el término. El flâneur se convirtió en un explorador urbano, un observador apasionado, sumido en la contemplación.
El paseo podía llevar, incluso, a un estado mental cercano a la meditación. «La caminata irregular no es tan conveniente para el cuerpo y distrae e irrita la mente», aseguró Robert Louis Stevenson (1850-1894). «Apenas se ha establecido un paso uniforme, no se necesita ningún pensamiento consciente para sostenerlo, lo cual a la vez nos imposibilita pensar seriamente en cualquier otra cosa. (…) Podemos pensar en esto o aquello, pero en forma ligera y risueña, a la manera de los niños, o a la manera de nuestros propios pensamientos cuando cabeceamos por las mañanas».
Decían que andar despertaba los placeres puramente animales. El autor de La isla del tesoro pensaba que no hay nada como el movimiento para levantar el ánimo. Hablaba de «la delicia de cada inhalación, de cada uno de los músculos de los muslos al tensarse» y también, como un eslabón inseparable de esta cadena, del placer del descanso. «Alcanzas un mojón en lo alto de una colina (…), te quitas la mochila y te sientas a fumar una pipa a la sombra. Te hundes en ti mismo y los pájaros se acercan y te miran. El humo se disipa en la bóveda azul del cielo de la tarde, mientras el sol cae, cálido, sobre tus pies, y el aire fresco te acaricia el cuello y agita tu camisa abierta. Si no eres feliz entonces, es porque tienes la conciencia sucia».
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Robert Louis Stevenson

La velocidad

Hace cientos de años se inventó la prisa. Y, al momento, surgieron las quejas. Era el principio de la Revolución industrial. Las locomotoras de vapor podían alcanzar hasta 30 kilómetros por hora y los empleados de las fábricas debían llegar puntuales a sus puestos de trabajo. Fue entonces cuando se hizo imposible vivir sin despertador.
«Puedes recordar cómo Burns, al enumerar los placeres de otro tiempo, se detiene en las horas dedicadas a pensar felizmente. Es una frase que dejará perplejo al pobre hombre moderno, rodeado por cada flanco de relojes y campanas, y acostado, incluso de noche, por las carátulas llameantes de los relojes», lamentaba Robert Louis Stevenson. «Porque estamos todos tan ocupados y tenemos tantos proyectos que realizar a largo plazo, y tantos castillos en el aire que convertir en sólidas mansiones habitables sobre tierra firme, que no nos concedemos tiempo para viajes de placer al País del Pensamiento y entre las Colinas de la Futilidad».
«Y qué mundo distinto se abre también para nosotros, una vez que descubrimos que somos capaces de pasar horas enteras sin fastidio, consagrados a pensar felizmente», continuaba el autor en Excursiones a pie, uno de los ensayos que recoge el libro El arte del paseo inglés, de Tumbona Ediciones. «Tenemos tanta prisa por hacer, por escribir y recopilar materiales, por conseguir que nuestra voz se escuche al menos un instante en el sarcástico silencio de la eternidad, que nos olvidamos de una única cosa, de la que esas otras cosas sólo forman parte: nos olvidamos de vivir».
Los flâneur que en el XIX hicieron del paseo una herramienta de su literatura se rebelaron ante la velocidad y ante la idea de que pararse a contemplar la vida era una pérdida de tiempo. «Si la tarde es agradable y templada, no hay nada mejor en la vida que apoltronarse a la puerta de la posada durante la puesta del sol o apoyarse en el barandal del puente a contemplar la maleza y los peces veloces», reclamaba Robert Louis Stevenson. «Puedes entablar conversación con cualquiera, sabio o necio, sobrio o borracho. Parece como si el calor de la caminata te hubiera purgado».

El opio

Thomas de Quincey (1785-1859) inauguró el ‘texto drogado’. Escribía embriagado por el opio y un día decidió descubrir algo más. Echó a andar bajo los efectos de este alucinógeno por las calles de Londres. El ensayista «sentó las bases de la caminata intoxicada como una forma de desorientación voluntaria y de callejeo sin propósito», relata Luigi Amaraen El arte del paseo inglés. «Los surrealistas, los miembros errantes de la Internacional Situacionista y desde luego Charles Baudelaire y Walter Benjamin volvían una y otra vez a sus páginas como si se tratara de la estrella polar en sus investigaciones sobre el flâneur, la deriva y la psicogeografía».
El autor del provocador Del asesinato como una de las bellas artes y el tratado sobre la velocidad El coche correo inglés esperaba al sábado por la noche para salir a deambular. «Quedo libre del yugo del trabajo, recibo mi salario y disfruto del lujo del reposo. Así, en pos de contemplar, (…) me había aficionado, tras tomar una dosis de opio, a caminar al azar, sin preocuparme mucho por el rumbo o la distancia, a través de todos los mercados y los demás sitios de Londres que los pobres frecuentaban los sábados por la noche para gastarse su sueldo».
«Algunos de estos paseos me hicieron recorrer grandes distancias, pues a menudo los deleites del opio hacen que el consumidor se olvide del paso del tiempo» escribió en Confesiones de un consumidor de opio. «Y a veces en mi resolución de dirigirme a casa, según criterios náuticos, (…) en lugar de circunnavegar los cabos y promontorios que había doblado en el viaje de ida, me he descubierto de pronto en tal maraña de callejones, en tales entradas misteriosas y en tales calles sin salida que, a la manera de los enigmas de la esfinge, estoy seguro de que dejarían boquiabiertos a los mensajeros más audaces y confundirían el intelecto de los cocheros. Incluso llegué a veces a sospechar que yo era el primero en descubrir alguna de aquellas terrae incognitae, y a dudar de que estuvieran consignadas en los modernos mapas de Londres».
Era el opio lo que conducía al crítico y analista económico a los teatros y los mercados. De Quincey quería mostrar en su ensayo que esta droga no provoca inactividad o torpor. Aunque aconsejaba huir de multitudes y músicas. «Procura en forma espontánea la soledad y el silencio como condiciones indispensables para sus trances».
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La soledad

«No veo la gracia de caminar y hablar al mismo tiempo. Cuando estoy en el campo, me gusta vegetar como el campo», pensaba el crítico literarioWilliam Hazlitt (1778-1830). Robert Louis Stevenson estaba de acuerdo:«Para gozar debidamente de una excursión a pie hay que realizarla a solas. (…) No ha de haber un parloteo sobre tu hombro, capaz de arruinar el silencio meditabundo de la mañana. Mientras un hombre esté razonando, no podrá entregarse a la suave embriaguez de desplazarse al aire libre, que comienza como una especie de deslumbramiento y lentitud del cerebro, y termina en una paz más allá de toda comprensión».
El escritor escocés que creó al Dr. Jekyll y Mr. Hyde decía que la «gente sedentaria, habituada (…) al comportamiento extrañamente mecánico del vagabundo común, no puede explicarse en modo alguno la alegría de estos viandantes». En su ensayo Walking tours, publicado en 1876, relató queconoció a un hombre al que arrestaron por el delito de ir brincando.Pensaban que era un lunático porque echó a correr y saltar como si fuera un niño a pesar de tener ya una larga barba roja.
El paseo a solas no sólo liberaba del peso de prestar atención a otro. Si además transcurría por parajes solitarios, redimía de la mirada puritana de la sociedad. «Se quedarían asombrados si les contara de todas las cabezas doctas y solemnes que me han confesado que alguna vez, en una excursión, se han puesto a cantar (y de feo modo) y cómo se les pusieron rojas las orejas cuando han tropezado con un aldeano escandalizado a la vuelta de la esquina» 

La borrachera

A principios del XX nació en Toledo otra versión de ese vagabundeo que intenta llevar los sentidos por otros caminos. La noche del 18 de marzo de 1923, un joven de 23 años deambulaba solo y ebrio por las calles de esta ciudad. «Me paseo por el claustro gótico de la catedral, completamente borracho, cuando, de pronto, oigo cantar a miles de pájaros y algo me dice que debo entrar inmediatamente en los Carmelitas, no para hacerme fraile, sino para robar la caja del convento», recuerda Luis Buñuel en su autobiografía Mi último suspiro. «Me voy al convento, el portero me abre la puerta y viene un fraile. Le hablo de mi súbito y ferviente deseo de hacerme carmelita. Él, que sin duda ha notado el olor a vino, me acompaña a la puerta».
Al día siguiente, el director de cine (1900-1983), que poco antes había llegado a Madrid para estudiar ingeniería agrícola, decidió fundar la Orden de Toledo. «La regla era muy simple: cada uno debía aportar diez pesetas a la caja común, es decir, pagarme diez pesetas por alojamiento y comida. Luego había que ir a Toledo con la mayor frecuencia posible y ponerse en disposición de vivir las más inolvidables experiencias».
Los miembros de la Orden de Toledo se hospedaban en la Posada de la Sangre, el lugar donde Cervantes situó La ilustre fregona. «La posada apenas había cambiado desde aquellos tiempos: burros en el corral, carreteros, sábanas sucias y estudiantes», escribió Buñuel. «Por supuesto, nada de agua corriente, lo cual no tenía más que una importancia relativa, ya que los miembros de la orden tenían prohibido lavarse durante su permanencia en la ciudad santa».
Casi siempre comían en tascas, como la Venta de Aires, en las afueras de la ciudad. Pedían tortilla a caballo (con carnes de cerdo), una perdiz y vino blanco de Yepes. Después volvían caminando a la ciudad con la intención de «perdernos en el laberinto de sus calles, acechando la aventura», relató. «A menudo, en este estado rayano en el delirio, fomentado por el alcohol, besábamos el suelo, subíamos al campanario de la catedral, íbamos a despertar a la hija de un coronel cuya dirección conocíamos, y escuchábamos en plena noche los cantos de las monjas y los frailes a través de los muros del convento de Santo Domingo. Nos paseábamos por las calles, leyendo en alta voz poesías que resonaban en las paredes de la antigua capital de España, ciudad ibérica, romana, visigótica, judía y cristiana»

El escarabajo

Un día de 2015 el escritor Ander Izagirre echó a andar. Partía de Bolonia y llegaría hasta Florencia. Aunque lo importante era cruzar los Apeninos. Después escribió un libro, Cansasuelos, donde había un hombre volador, doscientos mil bárbaros traicionados por un cuñado, un hostalero que devora a sus huéspedes y una historia de amor. Todo surgió de aquellos seis días en ruta. «Si camino durante horas por el bosque o por la montaña, sin preocupaciones, sin estímulos que reclamen mi atención, el cerebro empieza a flotar y comienza a enlazar ideas, tonterías, ocurrencias. Me permite pensar en asuntos que durante las urgencias cotidianas no tienen ocasión de aflorar», indica el periodista.
«Empiezo a fijarme en mil cosas pequeñas y tengo el cerebro desocupado, libre para hacer conexiones. Así que de pronto veo a un escarabajo que amasa una bolita de mierda, me parece una escena asombrosa y me hace reflexionar sobre la eficacia de los animales, sobre la manera ideal de desplazarse, sobre los viajes, sobre el turismo, voy enlazando temas sin darme cuenta, y acabo observándome como a otro bicho que hace lo mismo —o justo lo contrario— que el escarabajo. Y me planteo qué narices hago yo, si viajar es interesante o absurdo, me planteo temas —y se me ocurren ideas— gracias al tiempo que he tenido para ver al escarabajo y pensarlo durante los siguientes kilómetros de caminata», continúa.
«Diría que, caminando, la percepción del mundo y de uno mismo se amplía mucho. Y te ayuda a descubrir temas fantásticos sobre los que escribir: en el libro Cansasuelos, por ejemplo, que es un relato de un viaje de seis días a pie por los Apeninos, los escarabajos que amasan bolitas de mierda me dan tanto juego como los artistas del Renacimiento. Esa es la gran libertad del escritor y del caminante: darles la misma importancia a los escarabajos y a Brunelleschi».
 
Socia fundadora de Yorokobu y subdirectora de Ling. Junto a Mario Tascón escribió el libro Twittergrafía. El arte de la nueva escritura y es coautora de la guía para los nuevos medios y las redes sociales Escribir en Internet, de Fundéu, y del libro Comunicación Slow. Todo lo que ahí cuenta está basado en hechos reales. Pero, a veces, es mejor la fantasía. Entonces cae algún #instarrelato ∞

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