viernes, 30 de septiembre de 2016

En busca de las semejanzas

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"No estamos tan lejos, los dos vemos la misma luna"

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Esta mañana iba yo corriendo y de repente pude escuchar la música que salía de un coche estacionado.

Lo que sonaba era algo semejante a un rap. Se oía una voz que parecía mas bien estar hablando en lugar de cantando, y había un poco de música de fondo.

Como pasé rápido junto al coche, no porque esté muy en forma sino porque era una bajada, no pude enterarme sobre qué trataba la canción. Pero si alcancé a ver que dentro del auto una chica prestaba completa atención a su letra. Estaba absorta.

Debo confesar, con vergüenza, que mi reacción inicial fue un poco desdeñosa. Claramente la chica estaba muy interesada en lo que estaba escuchando, y a mi me pareció difícil de creer que ese tipo de música tenga mensajes tan profundos que requieran ese grado de atención.

Tontos prejuicios prejuicios los míos.

Por fortuna, en fracciones de segundo surgió en mi mente otro pensamiento, uno más amable y fraternal.

En lugar de pensar en las diferencias me fijé en las semejanzas. Ella, como yo hago con los libros, estaba buscando entendimiento, deseaba claridad. Como yo, buscaba respuestas donde cree que las puede encontrar.

De inmediato surgió en mí un sentimiento de camaradería; estábamos unidos por nuestra incertidumbre.

La realidad es que todos andamos un poco perdidos. Esto de vivir es a veces enredado y las respuestas a todas nuestras dudas no se hayan en el fondo de una caja de cereal. Así que buscamos por donde podemos.

​Pero no es sobre nuestras dudas existenciales sobre lo que me quiero detener, es sobre 
la bendita manía que tenemos  los seres humanos de andar juzgándonos y comparándonos los unos a los otros. Como hice al principio con aquella entusiasta del rap.

Miramos a un lado y decimos: “esa está más gorda que yo” y ahhh… una brisa tibia acaricia a nuestra alma. O, “a mi vecino lo acaban de nombrar en un puestazo”; mier*a. “Vaya novio más bueno y encantador se consiguió la tonta esa”, arrrgg.
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Comparamos de todo: inteligencia, atractivo físico, riqueza, posesiones, logros, comportamiento de los hijos, éxito…

Este es un hábito mental perjudicial, y nos conduce a sentimientos malsanos: egoísmo, avaricia, celos, inseguridad, ansiedad o excesivo orgullo.

Ahora bien, ¿cómo podemos abandonar ese mal hábito? Aplicando la fórmula contraria. Cuando te sorprendas fijandote en las diferencias, juzgándote a ti y a los demás, piensa en su lugar en las semejanzas. Las primeras producen sentimientos de alejamiento y las segundas de confraternidad, compasión y afinidad.

Son muchas más las cosas que nos unen que nuestras diferencias. Todos los seres humanos compartimos las mismas necesidades: amor, conexión, seguridad, libertad, etc.

Todos, aunque nos empeñemos en aparentar lo contrario, libramos dentro de nosotros tremendas luchas; estamos llenos de inseguridades, miedos, vergüenzas y muchas otras cosas más.

Así que vernos los unos a los otros con ojos compasivos es más apropiado que vernos con ojos competitivos.

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