domingo, 3 de julio de 2016

¡Bienvenidos a lo que queda del siglo XXI!

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El pasado 27 de junio de 2016 fallecía a los 87 años Alvin Toffler, uno de los ensayistas estadounidenses más relevantes de la segunda mitad del siglo XX. Gracias a ‘El shock del futuro‘, publicado en 1970, se convirtió en un pionero de la especulación tecnológica. Una obra que durante décadas ha influido a sociólogos, visionarios y líderes del sector tecnológico, y que ha marcado gran parte de los debates sobre el futuro que se han mantenido en los últimos 50 años. La velocidad con la que se producen los cambios en el mundo que nos rodea es cada vez mayor, recordaba Toffler, lo que genera una creciente sensación de angustia.
El neoyorquino intentó dar respuesta en sus libros a las preguntas que suscitan estos cambios tecnológicos. En ‘The Eco-Spasm Report‘ (1975) intentó buscar una solución al problema de la escasez de alimentos; en ‘La tercera ola‘ (1979) se propuso vislumbrar cómo sería el mundo en la sociedad post-industrial, en la que la información y el conocimiento se convertirían en el motor de la economía. Su último gran trabajo fue ‘La revolución de la riqueza‘ (Debate), escrito junto a su esposa Heidi. Un libro publicado en 2006 que, como hizo ‘El shock del futuro’, intentaba adivinar cómo funcionaría la economía en los años venideros, y del que aquí seleccionamos cinco ideas que pueden marcar nuestro futuro. Ese que está más cerca de lo que pensamos.
Toffler
Sobre el empleo. 
“En 1776, Adam Smith dijo que la división del trabajo era la fuente de ‘las mayores mejoras en los poderes productivos del trabajo’. Y eso ha seguido siendo verdad desde entonces. Pero cuanto más refinadas y especializadas se hacen las tareas, más caro y más difícil se hace integrarlas, especialmente en una economía competitiva, impulsada por la innovación.
En un momento dado, los costes de integración pueden superar el valor de dicha superespecialización. Más aún, los especialistas en campos muy definidos pueden ser buenos para incrementar la innovación, pero la innovación de vanguardia a menudo es producto de equipos eventuales, cuyos miembros superan los límites disciplinares en una época en que los avances en todos los campos están realmente borrando dichos límites. Y este es un tema que no atañe solo a científicos e investigadores”.
Hace poco publicábamos un artículo que recogía seis empleos que seguramente pervivirán dentro de más de una década, entre los que se encontraban el analista de toma de decisiones complejas o los ayudantes de salud preventiva personalizada. Hace algo más, listamos los 162 trabajosque, según Thomas Frey, director ejecutivo del DaVinci Institute, serán los más demandados en el futuro. Toffler añadía otros nombres: el “asesor de análisis de contenciosos de metalurgia y averías” o el “horticultor poscosecha”. Como recordaba el escritor, la división del trabajo cambiará sensiblemente dentro de muy poco, de manera que los empleos surgirán y desaparecerán dependiendo de las necesidades de cada momento.
Sobre el tiempo. 
“De forma análoga a la fábrica, prácticamente todas las oficinas de la época industrial establecían horarios fijos, estandarizados. Mientras tanto, las escuelas preparaban a las futuras generaciones de trabajadores fabriles sometiendo a los niños a una disciplina del tiempo semejante. En Estados Unidos, los niños, en sus característicos autobuses amarillos, eran preparados, sin saberlo, para llegar a tiempo al trabajo. En la escuela sonaban los timbres y se hacía (y todavía se sigue haciendo) desfilar a los niños a través de una secuencia de clases de duración estándar.
Por el contrario, la actual economía emergente, para la que esos escolares están siendo mal preparados, funciona con unos principios temporales radicalmente distintos. En ella, y a medida que nos deslizamos desde un tiempo colectivo a un tiempo personalizado, estamos fragmentando los paquetes de tiempo estándar de antaño. Dicho de otro modo, pasamos de un tiempo impersonalizado a un tiempo personalizado, en paralelo al paso hacia productos y mercados personalizados”.
Explicaba Hartmut Rosa que “la velocidad es una nueva forma de éxtasis, la amamos hasta que nos asusta porque produce una descarga de adrenalina, una intensificación de la existencia”. En los últimos años el debate sobre la conciliación de horarios y las jornadas laborales ha ocupado un lugar importante en las discusiones laborales. Quizá porque, como sugería Toffler, aún medimos con conceptos del siglo XIX un tiempo que ya no es el que era. Desde luego, un minuto del siglo XXI no dura lo mismo que un minuto de la Edad Media.
Sobre el prosumidor
“En ‘La tercera ola’ (1980) inventamos la palabra ‘prosumidor’ para designar a quienes creamos bienes, servicios o experiencias para nuestro propio uso o disfrute, antes que para venderlos o intercambiarlos. Cuando, como individuos o colectivos, PROducimos y conSUMIMOS nuestro propio output, estamos ‘prosumiendo’.
Si elaboramos una tarta y nos la comemos, somos prosumidores. Pero prosumo no es solo un acto individual. Parte del propósito de confeccionar dicha tarta tal vez sea la de compartirla con la familia, los amigos o nuestra comunidad, sin esperar dinero o su equivalente a cambio. En la actualidad, dado lo que ha encogido el mundo gracias al progreso del transporte, las comunicaciones y las tecnologías de la información (TI), la noción de ‘comunidad’ es mundial, otra consecuencia del cambio en nuestra relación con el fundamento profundo del espacio. Por esa razón, el prosumo puede incluir el trabajo no remunerado para crear valor y compartirlo con extraños del otro extremo del mundo”.
En la obra tardía de Toffler cobra un gran valor la figura del prosumidor, no únicamente por el papel activo que puede jugar a la hora de aprovechar las posibilidades que se abren ante nosotros, sino también porque todos lo seremos en un momento u otro. De hecho, ya lo somos. Como han recordado tantos teóricos del trabajo “gratis”, gran parte de la actividad económica mundial se escapa al esquema de las relaciones laborales convencionales. Y no se refiere a la economía sumergida, sino a actividades tan sencillas como escribir un comentario en internet o limpiar la casa de un familiar.
Sobre la ciencia
“Ahora la ciencia ha de hacer frente a una cegadora tormenta de arena de subjetivismo, alimentada por un posmodernismo en trance de desaparición y el floreciente ‘espiritualismo’ de la new age. Su influencia también está devaluada por los casos de corrupción que vinculan a científicos con laboratorios farmacéuticos y otras empresas, por la repetida identificación de los científicos con el mal en los medios de comunicación y por el temor a futuros avances biológicos que amenacen las tradicionales definiciones de humanidad.
Y lo que es más importante, el propio método científico está siendo atacado por ‘gestores de la verdad’, que prefieren decisiones basadas en otros criterios, desde la revelación mística a la autoridad política o religiosa. La batalla en curso sobre la verdad forma parte de la transformación de nuestra relación con el fundamento profundo del conocimiento”.
¿Vivimos en la época de mayor descrédito de la ciencia desde finales del siglo XVIII? Es posible, señala Toffler, que haya aflorado cierta desilusión con sus productos, lo que ha llevado a desconfiar de los métodos. También la incertidumbre propia de una época en la que el ser humano ha sido capaz de destruirse a sí mismo utilizando sus adelantos tecnológicos como herramienta. Como afirmaba el escritor, “la ciencia tiene más problemas de lo que cree mucha gente”.
Sobre lo que nos espera
“En el mundo opulento, las economías de conocimiento intensivo han acarreado un extraño fenómeno: millones de trabajadores hacen todos los días kilómetros de jogging y ejercicio en los gimnasios o en casa, sudan, jadean y rechinan al hacerlo y cantan alabanzas al ejercicio físico, pero olvidan el hecho importante de que viven en unas condiciones económicas que les permiten multitud de ejercicios, a diferencia de la mayoría de los trabajadores manuales del mundo, sean campesinos o trabajadores de fábricas, que tienen pocas opciones y tienen que sudar la gota gorda para subsistir.
Cualquiera que haya estado esclavizado durante años en los campos a merced de la climatología y del propietario, o que haya sido un apéndice en una cadena de montaje, sabe lo inhumanas que pueden llegar a ser esas formas de trabajo. El desplazamiento hacia el trabajo del conocimiento y los servicios avanzados, incluso los peores, ya es un primer paso liberador hacia un futuro mejor”.
Es una tesis habitual entre los futuristas como Toffler: de acuerdo que las cosas pueden ir mejor, pero si analizamos la situación del ser humano en relación a su pasado no tan lejano, no podemos negar que este vive mucho mejor que hace apenas tres siglos, un parpadeo en la historia. Por eso, Toffler siempre fue moderadamente optimista. “A fin de cuentas, es un momento fantástico para estar vivos”, escribía al final de su último libro. “¡Bienvenidos a lo que queda del siglo XXI!”

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