viernes, 2 de septiembre de 2016

En paz contigo mismo

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"Has estado criticándote durante años y no ha funcionado. Prueba aceptarte a ti mismo y ve lo que sucede" —Louise L. Hay

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Gracias a John-Mark Kuznietsov por la imagen (clic sobre ella para más info.)
Algunos días, al despertar, se abalanzan sobre mi y me atacan con la fiereza con la que una manada de hienas asalta su presa.

Hace unos años cuando esto ocurría me hacía mucho daño, era incapaz de librarme de ellos y terminaban causándome tristeza y dudas sobre mi mismo; sobre mi capacidad para crecer, sobreponerme de los tropiezos y seguir adelante.

Hoy, por fortuna, ya no es así.

Cuando los veo aparecer, con sus intenciones maliciosas, los saludo con indiferencia y dejo que se desvanezcan con la misma rapidez con la que aparecieron.

Ya no les permito que se queden en mi mente y de esta manera son incapaces de soltar su veneno lleno de dolor y de amargura.

En algún momento de nuestras vidas todos nos vemos asaltados por remordimientos. Estos surgen porque  en muchas ocasiones nos quedamos cortos, fallamos en comportamos tan bien como lo deseamos; en ser las personas que queremos ser.

Todos quisiéramos ser más disciplinados, compasivos, no gritar a nuestros hijos, ser más íntegros… Y cuando fracasamos en vivir según esos altos estándares que nos hemos impuestos, aparece el arrepentimiento.

El dolor que causa el remordimiento (al igual que el dolor físico) cumple una importante función en nuestras vidas: es una alerta, una señal de advertencia. Lo que es innecesario es permitir que esa advertencia dure un tiempo mayor al necesario.

Cuando por descuido tocamos algo muy caliente, bastan fracciones de segundo para darnos cuenta de ello y retirar la mano. Esas mismas fracciones de segundo son las que necesitamos para saber que la hemos cagado y que necesitamos corregir algo.

Para poder cambiar, para poder mejorar y convertirnos en la persona que queremos ser, es necesario advertir cuando nos estamos quedando cortos, cuando nuestros esfuerzos son insuficientes, es ahí cuando el pinchazo del arrepentimiento nos resulta más útil. Pero lo que no es beneficioso es dejar el aguijón clavado y permitir que el dolor se prolongue.

Alguien dirá que "para aprender la lección es necesario que restreguemos el hocico una y otra vez en la porquería que hemos hecho". Que si no nos duele lo suficiente no vamos a escarmentar y lo volveremos a hacer.

Creeme, esa, la vieja fórmula, ya la he aplicado (montones de veces) y no funciona.

Cuando nos castigamos en exceso por los errores que cometemos, por justo que eso parezca, lo que hacemos es boicotear nuestro propio crecimiento, menoscabar las oportunidades de cambio.

Mientras estamos tristes y deprimidos nos sentimos impotentes, incapaces de cambiar. No encontramos la luz al final del túnel.  Por el contrario, un estado de ánimo alegre y optimista favorece el crecimiento y la transformación positiva.

Lo que tenemos que hacer es seguir nuestro propio consejo, ese que le daríamos a un amigo que nos confiesa que se ha equivocado. Estoy seguro que si alguien que apreciamos viene a nosotros, mortificado por un error que ha cometido, no le diremos: “Tienes razón, eres un perdedor”. Ni mucho menos: “eres un pedazo de mie⋆⋆a que nunca va a cambiar”.

Lo más probable es que, sin dejar de reconocer el fallo, también tengamos para él palabras bondadosas y compasivas que le ayuden a superar su dolor y seguir adelante.

Pero con nosotros mismos no lo hacemos igual, somos verdugos implacables  que se deleitan suministrando crueles sentencias.

El cambio, el crecimiento, la evolución; ocurren mucho más fácil desde la aceptación, la compasión y el optimismo.

Es aceptándonos y queriéndonos, sabiendo que nuestra condición humana es imperfecta y nos hace propensos al fallo, cómo podemos mejorar y convertirnos en quien queremos ser.

Así que deja de castigarte. Yo te conozco y sé que eres genial. No mereces la paliza que te estás dando.

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