martes, 23 de agosto de 2016

Contra la arrogancia corporativa

http://www.xaviermarcet.com/2016/08/contra-la-arrogancia-corporativa.html 




Uno de los males más evidentes de las empresas es la arrogancia que a veces desprenden, ya sea premeditada o espontánea. Por descontado la expresan más en los detalles que en sus proclamas. Ese desdén con el que oyen a los que empiezan. Esa autocomplacencia que se escapa por cada costura. Ese “yo llevo muchos años en este negocio y qué me van a contar”. Ese, si no lo hacemos nosotros, no estará bien. Ese recitar todo lo que es imposible cuando alguien intentar explorar con creatividad. Ese deporte de matar las ideas nuevas que no son mainstream. Ese no contestar los mails de los “mindundis”. Ese no saludar.  Esa falta de interés por cualquier cosa que trascienda el perímetro corporativo. Esos directivos que ya han llegado tan alto que no tienen necesidad de aprender porqué no creen que nadie les pueda enseñar. Esos directivos que se consideran más sabios e importantes que sus clientes.

Malos tiempos para la arrogancia. El cementerio de empresas está lleno de compañías que lo hicieron todo perfecto hasta el último día, pero se olvidaron de lo más importante: los clientes cambian sin pedir permiso y cada vez tienen poder. Ya no son las empresas las que están en el centro del tablero, son los clientes que con sus móviles en la mano toman decisiones con toda la información que quieren. Y en este contexto, tener capacidad de adaptarse, de aprender rápido, de colaborar con otros con agilidad es cada vez más importante.

Antes el tablero venia definido por la complicación, pero ahora viene definido por la complejidad. Lo complicado produce problemas. Lo complejo produce paradojas. Lo complicado cuesta de resolver pero es previsible y permite soluciones estables, repetibles, previsibles.  Lo complejo es mucho menos previsible y estable, puesto que esta hecho de factores que interactúan entre ellos cada vez de un modo distinto. Las arrogancias corporativas se basan en la convicción de que los éxitos del pasado son fácilmente repetibles. Y cada vez es más evidente que vamos a un mundo con menos certezas y más necesidad de adaptación rápida. Era más fácil ser arrogante en un mundo complicado que en el mundo complejo.

La nuestra es la época de la complejidad, en la que todo es más fluido y menos estable, en la que no hay tiempo para la autocomplacencia y en la que necesitamos organizaciones mucho más flexibles y un nuevo management basado en la autenticidad. Necesitamos culturas de gestión que potencien radicalmente la empatía para situarse en la piel de los clientes y procurar anticipar cambios y necesidades. También necesitamos practicar la empatía con los de dentro. Sin compromiso de la gente de dentro, cambiar es imposible. En muchas empresas sobra jerarquía y falta humildad. Por importante que hayamos sido, ahora el tablero de los negocios es abierto y viene marcado más por la agilidad que por la dimensión. Se acabó la época dorada del estilo jerárquico, burocrático y lento. Se acabó.

El nuevo papel de los líderes es entender que una de sus principales misiones es luchar contra la autocomplacencia y la arrogancia. ¿quién quiere colaborar con los sabelotodo  y los instalados en las glorias del pasado? ¿quién quiere colaborar con los que anteponen la jerarquía al talento? ¿quién quiere colaborar con los que no entienden que el ritmo del cambio viene de fuera y no de dentro? Ante la complejidad, se necesita colaboración y agilidad. Tener la humildad de admitir que no tenemos ni todas las tecnologías ni experiencia en todos los modelos de negocio que necesitaremos. Necesitamos líderes con ambiciones corporativas potentes pero con un fondo de servicio, de compromiso y humildad sinceros. La humildad impostada o no existe, o se descubre muy rápidamente su artificialidad.

Necesitamos líderes que multipliquen la autenticidad y conculquen el cinismo. Necesitamos líderes que pongan fin al paripé de tantas reuniones en las que todos saben que lo que están aprobando no será verdad porque ellos mismo lo boicotearan. Líderes que cuando se trata de innovar sepan que el riesgo no se puede delegar hacia abajo. Que si se trata de conferir agilidad sepan que ellos no pueden ser el cuello de botella. Que si se trata de aprender, ellos sean los primeros, porqué la gente solamente respeta a aquellos de los que aprenden. Líderes que saben que su papel no es inyectar miedo sino confianza a su gente.

Hemos visto como a las empresas consolidadas en general les cuesta muchísimo innovar. Deberían reflexionar sobre los motivos de esta incapacidad y creo que descubrirían demasiada autocomplacencia y poca autenticidad a la hora de innovar y de emprender. Que encontrarían culturas de gente instalada a la que le cuesta muchísimo admitir que el cambio solamente es verdad cuando pasa por uno mismo. Que encontrarían silos de pareces muy gruesas. Que encontrarían líderes que hacen discursos de innovación pero son incapaces de cambiar ellos en lo más mínimo y dar ejemplo de transformación.

Los líderes empresariales a los que admiro son gente accesible, ávidos de continuar aprendiendo, que han digerido sus éxitos con la inteligencia de no considerarse más importantes que sus clientes y con la elegancia de saber compartirlos con su gente. Los líderes empresariales que admiro son gente normal, que duda, que se esfuerza, que no hace de su experiencia una arma arrojadiza a los que empiezan e intentan cambiar. Los líderes empresariales a los que admiro son esos que hacen mejores a los suyos porqué les transmiten mucha autenticidad y ninguna arrogancia.


No piensen en líderes empresariales necesariamente conocidos. Tengo la suerte de trabajar con algunos de ellos, son discretos, están volcados en sus empresas y  son muy conscientes de lo que significa la complejidad. Son gente de la que uno aprende por simpatía, porqué sus lecciones  pueden llegar por un whats app oportuno, o por una presencia inesperada en una reunión,  o por la generosidad con la que reconocen el talento y el compromiso, o simplemente por el interés sincero que muestran en escuchar a su gente y a sus clientes.


La imagen pertenece a un fresco de Simone Martini

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